La semana en la que Maricarmen (ya es irónico que se apellide Abascal) fue desahuciada al cuarto intento, dos décadas después de la extinción legal de su contrato de alquiler, en España no se desató una guerra dialéctica entre la derecha y la izquierda, como todos habríamos esperado. El españolito está criado en el fratricidio como el esquimal en el hielo, y por eso cada nueva generación de celtíberos ya viene avisada por Machado de que unos u otros han de helarle el corazón. Lo que no sospechó el poeta es que a veces la víscera no te la hiela la mitad ajena, esa España odiosa de los otros, sino tu propia mitad cuando a su vez se parte por la mitad, proceso de mitosis tumoral que caracteriza a las células enfermas y a las legislaturas socialistas en fase avanzada de agonía.
Quiero decir que la izquierda ha empezado a revolverse contra la izquierda como en los tiempos de Anguita contra Felipe, como en los tiempos del 15-M contra Zapatero. Y es saludable que suceda. De hecho esa reacción expresa un deseo febril de supervivencia: ocurre cuando la izquierda social comprende que ninguno de los problemas que la izquierda institucional debía abordar ha sabido resolverlos. Es más, al cabo de ocho años en el poder algunos los ha agravado: de la educación a la inmigración irregular pasando por la corrupción. Pero el más acuciante de todos cuando tu identidad política se define por la lucha contra la desigualdad es la vivienda.
Aún vive en Moncloa el presidente más escorado a la izquierda y el más longevo después de González. Por ambas razones el fracaso de Sánchez se vuelve especialmente insoportable. Las encuestas van cayendo como mazazos, se marchitan las hojas del calendario electoral y la alternativa se agiganta en la imaginación más por demérito gubernamental que por mérito opositor. La ansiedad existencial de la izquierda española se va acumulando. Y llega un momento, con el catalizador adecuado, en que la tensión estalla. Ese momento podría haber llegado esta semana. Y ese catalizador es Maricarmen.
No estoy diciendo que la coalición se vaya a romper mañana. Pero por primera vez hemos oído a Colau dibujar ese horizonte de ruptura invocando la vivienda como casus belli. A continuación siguió la pelea entre Mónica García y Puente. Por supuesto Rufián se ha apresurado a revender su crecepelo frentepopulista. Y veremos más escaramuzas por el estilo a medida que corra el reloj.
La llamada izquierda a la izquierda del PSOE se ha tragado la traición al pueblo saharaui, el aumento del gasto en defensa y la moratoria nuclear. No puede zamparse en silencio también la crisis de la vivienda si pretende sobrevivir a este ciclo electoral. Por eso y no por otra cosa hemos visto a Ana Belén recitando a Alberti en presencia de un instrumento político con patas llamado Maricarmen, esa pobre mujer a la que pidieron un culpable y contestó: «Pedro Sánchez». Lo de culpar a Ayuso es exigencia del guion.
-Esto está por encima de ideologías -clamaba la cuenta oficial del programa de Broncano.
Efectivamente, David. Tan solo se trata de poder. Concretamente de perderlo por no haberlo sabido ejercer para el interés general.