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Una verosimilitud nueva y cruel

Una verosimilitud nueva y cruel
Artículo Completo 659 palabras
En 2027 leí 'El cuento de la criada' como si me asomara a una posibilidad remota a pesar de que la propia Atwood advierte lo siguiente en la introducción que acompaña a la novela: «Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se podía confiar en la frase: «Esto aquí no puede pasar» . En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar». Desde hace unos años vivimos instalados en esa sensación. La pandemia acabó con la certeza de que el Armagedón era solo un mito, y aunque la sensación de guerra quedaba lejos, hubo un orden que se desbarató . El coronavirus nos acostumbró a que, como señalaba Atwood , en determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar. Aceptada esta primera anormalidad en la que acabamos encerrados en nuestras casas, hemos asumido con increíble docilidad todo lo que ha venido después. Como si el desmantelamiento de un orden fuera algo tan inevitable como un virus.Noticia relacionada No No CRÍTICA DE: 'Libro de mis vidas', de Margaret Atwood: tejiendo jerséis y escribiendo novelas Mercedes MonmanyMuchos experimentamos el encierro por el covid como un extraño agujero temporal que nos llevó de un mundo a otro sin que comprendiéramos qué había pasado entre medias, cuál era la lógica que se había roto. Hoy diría que esa lógica rota es la verosimilitud del relato del mundo, que ya es otra. Lo que antes nos parecía inverosímil , no lo es más. Y puesto que todo puede suceder, agachamos la cabeza con resignación. La verosimilitud es una condición interna de las narraciones y no está exenta de ideología. Es lo que nos resulta creíble, y aquí nuestra condición subjetiva va primero: juicios, credos, experiencias… Pero las narraciones no se quedan solo en las novelas y en los cuentos: están por todas partes, pues el conocimiento humano es relato . Nuestra experiencia del mundo está mediatizada por el lenguaje, construimos un relato (o muchos) sobre la realidad, y su verosimilitud no es inocua ni natural aunque lo parezca. Lo único «natural» ahí es que la hemos hecho coincidir con nuestros marcos de pensamiento. Esta enloquecida y acelerada mutación de los marcos de pensamiento tiene en algunos líderes mundiales su mejor ejemplo. Hablo de los que esgrimen razones religiosas para hacer sus guerras. Tratan de que nos parezca «creíble» que masacrar a una población entera es legítimo porque lo manda algún texto sagrado. La interpretación literal de los libros santos , hasta hace poco propia de bárbaros e idiotas, se perfila como el nuevo realismo. Quizás incluso lo que habíamos leído como distopías ('Nosotros', '1984', 'Un mundo feliz' ) pase a ser simple costumbrismo.

En 2027 leí 'El cuento de la criada' como si me asomara a una posibilidad remota a pesar de que la propia Atwood advierte lo siguiente en la introducción que acompaña a la novela: «Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante ... la Segunda Guerra Mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se podía confiar en la frase: «Esto aquí no puede pasar». En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar».

Desde hace unos años vivimos instalados en esa sensación. La pandemia acabó con la certeza de que el Armagedón era solo un mito, y aunque la sensación de guerra quedaba lejos, hubo un orden que se desbarató. El coronavirus nos acostumbró a que, como señalaba Atwood, en determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar. Aceptada esta primera anormalidad en la que acabamos encerrados en nuestras casas, hemos asumido con increíble docilidad todo lo que ha venido después. Como si el desmantelamiento de un orden fuera algo tan inevitable como un virus.

'Libro de mis vidas', de Margaret Atwood: tejiendo jerséis y escribiendo novelas

Muchos experimentamos el encierro por el covid como un extraño agujero temporal que nos llevó de un mundo a otro sin que comprendiéramos qué había pasado entre medias, cuál era la lógica que se había roto. Hoy diría que esa lógica rota es la verosimilitud del relato del mundo, que ya es otra. Lo que antes nos parecía inverosímil, no lo es más. Y puesto que todo puede suceder, agachamos la cabeza con resignación.

La verosimilitud es una condición interna de las narraciones y no está exenta de ideología. Es lo que nos resulta creíble, y aquí nuestra condición subjetiva va primero: juicios, credos, experiencias… Pero las narraciones no se quedan solo en las novelas y en los cuentos: están por todas partes, pues el conocimiento humano es relato. Nuestra experiencia del mundo está mediatizada por el lenguaje, construimos un relato (o muchos) sobre la realidad, y su verosimilitud no es inocua ni natural aunque lo parezca. Lo único «natural» ahí es que la hemos hecho coincidir con nuestros marcos de pensamiento.

Esta enloquecida y acelerada mutación de los marcos de pensamiento tiene en algunos líderes mundiales su mejor ejemplo. Hablo de los que esgrimen razones religiosas para hacer sus guerras. Tratan de que nos parezca «creíble» que masacrar a una población entera es legítimo porque lo manda algún texto sagrado. La interpretación literal de los libros santos, hasta hace poco propia de bárbaros e idiotas, se perfila como el nuevo realismo. Quizás incluso lo que habíamos leído como distopías ('Nosotros', '1984', 'Un mundo feliz') pase a ser simple costumbrismo.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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