«¡Vete a Ceuta!», le gritan al canciller Merz en las calles de Alemania. Parece imposible resumir en menos palabras lo que le está pasando a Europa. El ataque a la integridad territorial española ha convertido a Ceuta en la metonimia de la encrucijada existencial de la UE, que no se está desdibujando como proyecto político por la presión migratoria, sino por una crisis de modelo operativo. Y de convicciones morales. Nadie sabe dónde está Europa.
Y cualquiera lo entiende: si lo de Ceuta es imposible de solucionar con rapidez, eso significa que puede volver a pasar. Y en mayor o menor medida, pasará. Ceuta como síntoma: la incertidumbre genera miedo, y el miedo es la gasolina de los extremistas. Negarlo es negar la realidad. Si Sánchez se inhibe en agosto de la mayor crisis de Estado en muchos años -o peor, la gestiona de manera nefasta- y Bruselas no ofrece firmeza, los votantes bascularán indefectiblemente hacia quienes ofrecen soluciones categóricas. O mágicas. O autoritarias. Pero preventivas, en todo caso.
«¡Vete a Ceuta!», le gritan a Merz en Alemania del Este, pero se escucha en Madrid. Más que un eslogan electoral, parece una bocina de alerta para despertar a toda la UE, no digamos ya a España. Con más razón, aún, en un momento en el que los alemanes votan en masa a los ultras eurófobos y xenófobos de AfD, tan extremos que Le Pen los echó de su grupo en el Parlamento Europeo. Conviene no olvidarlo mientras el desastre ceutí resuena en Sajonia-Anhalt, donde AfD ha rozado la mayoría absoluta. Hasta los límites mismos del sistema, o sea.
En un camino de ida y vuelta, esa impugnación del modelo partidista tradicional resuena a su vez en España, atrapada ahora en la madeja bucrocrática de una crisis que va para (muy) largo. ¿Ha tomado nota el Gobierno? ¿Y los principales partidos? En La Moncloa tienen la convicción de que no volverá a producirse una avalancha de inmigrantes desde el lado marroquí, pero no dicen (ni saben) cómo lo conseguirán. «Esto ha sido un one off. No se volverá a repetir algo así, lo que circula en Marruecos es que fue un error y los engañaron». «Lo que tenemos ahora es el escenario perfecto para que se dispare Vox, es lo que se ha generado y tenemos que reconocerlo», reconocen fuentes gubernamentales, ante la impotencia de los caballas y de los cientos de miles de españoles que se echaron a las calles el 2 de septiembre, día de Ceuta. «Y el PP mintiendo sin ton ni son», añaden, tras la última acusación de Feijóo, que dijo el lunes que el plan de Marruecos se basaba en que habría alguna «cesión» de Sánchez. Tampoco dijo cuál habría de ser.
El caso es que algo ha hecho clic en España con esta crisis. Y en el PSOE lo saben: «Lo que ha ocurrido en Ceuta es extraordinariamente grave y no se ha gestionado bien. Estamos todos en shock en el PSOE, menos los ultracafeteros. Los españoles han tomado muy buena nota. Si los que tienen que solucionar los problemas no los solucionan, al final la gente busca a quienes proponen soluciones nuevas, aunque sean falsas. Si, ante problemas nunca vistos, no se da una respuesta y, además, se dice que no hay respuesta, es lógico que la gente se vaya con el que te da una, aunque sea falsa», razona un alto cargo socialista. «Al no hacer nada estructural, estamos inflando una vez más a Vox».
A estas alturas, nadie duda de que los cordones sanitarios no funcionan. Son una opción moral legítima, pero no son inteligentes desde un prisma utilitarista. Además de aislar a quienes ponen sobre la mesa soluciones fáciles a problemas complejos, hay que actuar sobre la raíz del desencanto y de la desconexión de esos estratos amplios de la sociedad que han caído en la tentación de votar en clave autoritaria. Los partidos de gobierno tienen la obligación de actuar sobre las condiciones materiales del electorado. Sin miedo a hablarle de seguridad y orden. Lo defiende Rufián y tiene razón, igual que con su oferta electoral para la izquierda plurinacional, pero tampoco en esto le van a hacer caso los de su bloque.
Precisamente es ese bloque el que impide, a ojos de otros socialistas, articular una política migratoria estructurada y de largo aliento: «Aquí no se hacen políticas estructurales porque no se pueden hacer con esta mayoría [parlamentaria] y sin Presupuestos. Lo más triste es que en esta legislatura el único acuerdo de inmigración ha sido con Junts, que es un partido que compite con los racistas de Aliança Catalana».
Claro que la nube tóxica de la xenofobia se ha posado también sobre España. Y claro que el debate sobre la inmigración alimenta a la extrema derecha. Pero lo que ha ocurrido y ocurre en Ceuta no es una crisis migratoria, sino la mayor crisis existencial de la ciudad autónoma. Por eso en el PP lo ven distinto y confían en acabar convenciendo al electorado más duro de que «sólo Feijóo podrá poner orden tras todo este caos». El dirigente gallego ha ido aquerenciándose poco a poco a los postulados más acerados contra la inmigración. Ha pasado de ofrecer Galicia para acoger a los inmigrantes del barco Aquarius a reclamar que se expulse incluso a los legales que delincan.
Ahora los populares, con Alma Ezcurra al frente, abogan por hacer de la nacionalidad una meta, un «honor que no se regala». Es un giro que reconocen sin problemas en Génova, y que enmarcan en la tendencia de endurecimiento que recorre toda Europa. Incluidos algunos gobiernos socialdemócratas, como el de Gran Bretaña o el de Dinamarca. Y con Meloni como referente de liderazgo, sotto voce. Les encantaría que la premier italiana -la que más tiempo ha dormido en el Palacio del Chigi, aunque aún no lleva ni cuatro años- acabase sumándose al proyecto del PP Europeo. Una operación que casaría con la geometría variable de Manfred Weber, que consiste en no pactar siempre con socialdemócratas y liberales, sino invocar también la mayoría Venezuela, con los conservadores de Meloni y los Patriotas de Abascal.
El PP tiene encuestas que demuestran que la inmigración ha suscitado un rechazo «transversal», más allá de ideologías: «¿El PSOE se parece ahora a Vox también, o es que Ceuta ha hecho aterrizar en problemáticas que antes no quería ver? ¿Ceuta le ha hecho caerse del guindo? ¿Ahora las menores corren peligro cuando hay 5.000 migrantes sin control en el territorio? ¿Ahora se vincula inmigración a delincuencia? Ese mensaje, si lo traslada Vox hace 10 meses, se le tiran al cuello los mismos que ahora rectifican».
La gran tarea de Feijóo es darle la vuelta a la tendencia de capitalización del voto descontento. Para ello, se guarda en la manga su gran as: un Plan integral de Inmigración. Lo presentará más adelante, porque ahora Ceuta lo opaca todo. Génova necesita un revulsivo, porque no es lo mismo 160 diputados del PP y 30 Vox que 130-60, como recuerda siempre Aznar. Pero si se cronifica la crisis de Ceuta, pocos dudan de que la extrema derecha seguirá engordando. «¡Vete a Ceuta!», le gritan a Merz en Alemania. Y se oye en Madrid.