Era una noche de sábado en una iglesia reconvertida de San Francisco. La Foundation for American Innovation, un think tank de centroderecha, organizaba una velada de etiqueta para promocionar la nueva religión de la IA.
Murati, fundadora y directora ejecutiva de Thinking Machines Lab, hablaba sobre la historia de las revoluciones ante un público de más de 350 personas. La ejecutiva, nacida en Albania, había mantenido durante varios años un perfil relativamente bajo como vicepresidenta y, posteriormente, directora de tecnología de OpenAI, antes de participar en un golpe fallido contra Sam Altman y lanzar luego su propia startup de IA valorada en 12,000 millones de dólares. Ahora, con el murmullo de las conversaciones rebotando en las paredes de la iglesia, los esfuerzos de Murati por transmitir sus ideas tuvieron tanto éxito como aquel golpe: nadie parecía estar escuchando. La mujer que entrevistaba a Murati pidió más de una vez que la gente dejara de hablar o que continuara sus conversaciones fuera.
Le susurré a la amiga que estaba sentada a mi lado que era la segunda vez en una semana que veía cómo ahogaban la voz de una mujer. Ella suspiró. Las dos estábamos allí precisamente para escuchar lo que Murati tenía que expresar. Intenté contenerme antes de decir lo que dije a continuación, pero noté que mi amiga también se estaba conteniendo. “Aunque tiene un pelo increíble”, susurré. “Dios mío, lo sé”, respondió de inmediato. El pelo de Murati ha alcanzado la IA general. Y su mandíbula podría cortar cristal.
Poco después, subió al escenario el principal asesor científico del presidente Donald Trump, Michael Kratsios. El público se calló. Todos formamos parte del problema.
Durante los últimos tres meses, he estado preguntando a todo el mundo quiénes son las mujeres más poderosas de Silicon Valley, un club al que Murati pertenece sin duda alguna. Si preguntas quién es el hombre más poderoso del sector tecnológico, muchos responden rápidamente “Elon”. O “Jensen”. O “Sam”. Si esperas un momento, quizá oigas el nombre de algún inversor multimillonario cuyo capital financiero se ha utilizado de forma amplia y despiadada para impulsar una agenda, como “Peter” o “Marc”. Si preguntas quién es la mujer más poderosa, la mayoría de la gente responde con una pausa pensativa. Un emoji con cara de pensar. “¿Gwynne?”, “¿Lisa?”, “¿Daniela, quizá?”.
Son quienes toman las decisiones tanto dentro como fuera de sus empresasArrowArrowUn observador perspicaz de Silicon Valley podría plantear que la mujer más poderosa tiene que viajar constantemente entre Silicon Valley y Washington DC, como Ruth Porat, presidenta y directora de inversiones de Google, o Dina Powell McCormick, presidenta y vicepresidenta de Meta. La redactora jefa de WIRED, una mujer, dijo en un momento dado: “¿No es obvio que es Gwynne Shotwell?”. Entonces, una directora ejecutiva de Silicon Valley me comentó que cada vez que menciona a la presidenta y directora de operaciones de SpaceX, sus amigos le preguntan: “¿Gwynne quién?”.
Aun así, la pregunta provocó reacciones. Mis conversaciones (que tuvieron lugar por teléfono y por Zoom, en salas de juntas, en cafeterías de San Francisco y en una casa de Palo Alto donde mi fuente se quedó dormida en el sofá) dieron lugar a un sinfín de posibilidades, desde fundadoras y directoras generales hasta inversionistas de capital de riesgo y exesposas filántropas. Algunas de esas mujeres, tanto directoras generales como aquellas que desmontan las tonterías de los directores generales, me hablaron largo y tendido.
¿Por qué Silicon Valley no tiene una “mujer Elon”?
Me di cuenta de que la verdadera pregunta no es ‘quién’ es la más poderosa, sino ‘por qué’ esta pregunta sigue siendo, en 2026, tan difícil de responder. ¿Qué les falta en sus vidas o en sus currículos? ¿Por qué no hay ninguna mujer como Elon? ¿Por qué no tenemos nuestra propia heroína todopoderosa o supervillana?
En junio, un amigo y antiguo ejecutivo de Slack me sugirió que el poder en Silicon Valley abarca múltiples formas de capital: financiero, intelectual, político y social o cultural.
Coincidimos en que los hombres obtienen puntuaciones altas en todas las categorías. Su influencia ha sido asombrosa, incluso alarmante, por su efecto contagioso. Escriben entradas de blog que se citan durante décadas. Exponen la identidad de personas con una sola publicación en X. Influyen en las elecciones. Pronuncian sermones. Se les pide que firmen los pechos de una mujer en una feria comercial en Taiwán, como si fueran el líder de una banda de glam de los 80. Insinúan que una joven que intenta salvar el planeta es el anticristo.
¿Hay alguna mujer en el sector tecnológico que se acerque a alcanzar este culto a la personalidad, a esparcir las semillas de su capital de esta manera? No existe ningún manifiesto “Time to Build” en torno al cual se estén uniendo las mujeres del Valle. La última vez que las mujeres del sector tecnológico tuvieron un manifiesto, las cosas no salieron según lo previsto.
De Lean In al fin de la era de las girlboss
En un reciente viaje en auto al lago Tahoe, me descargué el audiolibro de Lean In, de Sheryl Sandberg. Ya había leído el libro cuando salió en 2013 y quería ver cómo habían envejecido sus ideas. Para el tercer capítulo ya había escuchado suficiente.
Sin embargo, esa breve escucha me recordó por qué el libro había sido tan influyente durante casi una década. Sandberg, que acumuló 14 años como directora de operaciones de Meta, puso palabras a muchos patrones negativos en el ámbito laboral. A las mujeres se les trataba como ciudadanas de segunda clase en la oficina. Éramos propensas a la inseguridad y rehuíamos las oportunidades que parecían incompatibles con la vida familiar. Y, por el amor de Dios, deberíamos cobrar lo mismo que los hombres.
Timnit Gebru. “'¡Miren cuántas mujeres tenemos en nuestro equipo!' Y si había una sola mujer en el equipo, se le daba un bombo publicitario desmesurado”.Ella lo sabe bien. En 2018, Google contrató a Gebru, de origen etíope, para codirigir un proyecto sobre IA ética. Gebru hizo lo que se esperaba de ella: denunció los sesgos en la IA a través de un artículo de investigación, ahora tristemente famoso, que según Google no cumplía con sus estándares. Su posterior despido desató una tormenta. Ahora dirige un grupo llamado Distributed Artificial Intelligence Research que investiga algunos de los perjuicios causados por las gigantes tecnológicas y la IA.
Gebru señaló que la década de 2010 no fue del todo un fracaso. Las mujeres estaban creando redes entre bastidores. Ifeoma Ozoma, que dejó su trabajo en Pinterest debido a las disparidades salariales y a la discriminación racial, copatrocinó con éxito la Ley “Silenced No More” de California, que protege a los empleados que denuncian la discriminación en el lugar de trabajo.
Pero entonces llegó la reacción a la reacción. Algunos hombres estaban deseando declarar sus sagrados lugares de trabajo libres de distracciones políticas y sociales. Cuando Elon Musk compró Twitter en 2022, la aplicación se transformó en una plataforma en la que los hombres del sector tecnológico se sentían más animados a compartir sus creencias de derecha, mientras que el propio Musk se convirtió en un ícono aún más “radical”. Una vez que Trump fue reelegido en noviembre de 2024, todo fue un desastre.
Definieron toda una era de la tecnología y siguen siendo influyentesArrowArrow“¿Mi madre no está en casa?”, preguntó.
se declaró en quiebra, y Anne dimitió como directora ejecutiva. Los clientes eliminaron sus cuentas, preocupados por que sus datos genéticos acabaran en manos del nuevo propietario (23andMe ya había sufrido una importante filtración de datos anteriormente). Pero ella logró recomprar la empresa, una jugada maestra. Ahora está controlada por una corporación sin fines de lucro de interés público que dirige Anne.Muchos de sus primeros inversionistas se negaron a apoyarla, según contó Anne. Alguien como Adam Neumann puede reducir el valor de su empresa inmobiliaria comercial a una fracción de su valor máximo y, aun así, recaudar cientos de millones para su próximo proyecto.
¿Hay que hacer ruido para ser poderosa?
Pero el poder es algo más que dinero, manifestó Esther con firmeza. Se necesita capital cultural. “Tienes que estar en X. Tienes que estar ahí fuera”, esgrimió Esther. “Si no puedes decir ni una palabra…”
Anne no estaba de acuerdo y calificó X de distracción. Ella sí publica en Instagram; últimamente, sus Stories se han centrado en la investigación del cáncer de pulmón, en honor a su hermana. Pero descarta X por considerarlo “un espacio dominado por hombres”.
“¿Es necesario estar ahí fuera haciendo mucho ruido en lugar de limitarse a usar las redes sociales para mostrar un poco de lo que haces?”, preguntó Anne. “Gwynne Shotwell es influyente porque es la líder de esta increíble empresa, pero mucha gente no sabe quién es. No siempre está presente en el circuito de conferencias. Se dedica a trabajar con ahínco, a ejecutar”.
Ellas controlan cómo fluye el dineroArrowArrowLa velada, titulada “Funded Female Founders” (Fundadoras con financiación), fue idea de un hombre llamado James Gee. En su discurso de presentación, fue conciso y encantador, como correspondía, y bromeó diciendo que acababa de descubrir qué era la “K-beauty”. Mabel Chan, fundadora de una empresa de eventos llamada Superconnected, recordó a los asistentes que el objetivo era aumentar el flujo de negocios. “Nuestra filosofía se basa en espacios de gran impacto, no en mesas redondas meramente teatrales”, resaltó Chan.
Quizá deberían ser ellas las verdaderas presidentas de EE UU.ArrowArrow“Si los fondos de capital de riesgo estuvieran más dispuestos a crear fondos más pequeños, en los que aún se puedan obtener rendimientos superiores a los del mercado, pero con márgenes más reducidos entre el 30 y el 40% de las empresas de la cartera, naturalmente se verían más mujeres y fundadores de minorías étnicas en esos grupos”, teorizó Bracy. “Esto abriría el sector a más fundadores reacios al riesgo y a un conjunto de empresas totalmente diferente”.
Están marcando el rumbo de la IAArrowArrowGuo me dijo varias veces que no creía ser la persona adecuada a la que preguntar sobre mujeres influyentes. Sin embargo, durante nuestra reunión soltó una lista de nombres y más tarde me envió otros a través de WhatsApp. Dos de ellas eran de Anthropic: Daniela Amodei, cofundadora y presidenta, y Ami Vora, directora de producto. Jayshree Ullal, presidenta y directora ejecutiva de Arista Networks. Fidji Simo, hasta hace poco directora ejecutiva de AGI Deployment en OpenAI y, anteriormente, directora ejecutiva de Instacart.
“Fidji es increíble. Está muy centrada en su misión”, me dijo Guo. “Es una chica muy femenina”.
—Parece que es muy querida en toda la industria —dije, y luego me corregí—. Ahí lo tienes. “Muy querida”. ¿Es Elon muy querido? —reflexioné en voz alta.
Están marcando el rumbo del futuro del sector del automóvilArrowArrowOtra mujer con la que hablé señaló que Mary Barra, la directora ejecutiva de General Motors, presentó a Trump en un mitin en el centro de pruebas de GM en Milford, Michigan, en julio. “Necesita que la empresa sobreviva”, dijo esta persona. “Definitivamente, ahora no es el momento de usar tus recursos”.
No tienen miedo de denunciar los fallos del sector tecnológicoArrowArrowGebru me comentó que “el sector de la IA es peor para las mujeres que el sector tecnológico de la década de 2010”. La gente sigue sin querer escuchar a las mujeres, afirmó, y muchas de las empresas más mediáticas siguen estando dirigidas por hombres.
WIRED.com. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.