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Irritante, irreverente, incontinente, intempestivo... En definitiva, Alberto Greco (1931-1965) era, tal y como manifestaron algunos de sus colegas, un completo incordio. Quería estar en todas partes y luego no se presentaba cuando tenía que exponer. Y si, finalmente, llegaba a la sala de ... exposiciones, podía soltar cualquier cosa perfectamente inadecuada. Entre sus excesos y gusto por el escándalo, tenía siempre el recurso de los ratones, que valían tanto para volver maloliente una galería, en su sarcasmo del arte argentino pretendidamente radical, como convertirse en objetos arrojadizos contra el presidente de Italia en la inauguración de la Bienal de Venecia.
Su vida 'legendaria' que reconstruyó a comienzos de los noventa en un impresionante catálogo Quico Rivas (una muestra producida por el IVAM en 1991 que reveló su grandeza poliédrica) no ha dejado de fascinar a los historiadores del arte y curadores, especialmente cuando el bienalismo ha terminado por convertir el arte en eso que Simon Critchley califica como «absolutamente demasiado», esto es, una mezcla entre lo monstruoso y lo cursi.
En su crucial historia del conceptualismo latinoamericano ('Didáctica de la liberación', CENDEAC, 2009), Luis Camnitzer señala que Alberto Greco fue el único artista que se mantuvo ubicado simultáneamente en la Neofiguración y en una peculiar modulación de lo Conceptual, después de haber sido uno de los grandes exponentes del Informalismo en Argentina.
'Arte Urbano: De los orígenes a Banksy', en la Fundación Canal, en Madrid, revisa el legado de una manifestación artística que nació a la contra del mercado y que hoy llena colecciones, ferias y museos. Luces y sombras de un fenómeno
Puede parecer anacrónico hablar de 'Conceptualismo expresionista', pero las 'cosas' de Greco no eran equiparables a las tautologías de creadores obsesionados con Wittgenstein como le pasaba a Kosuth. Frente a la búsqueda de la forma general de la proposición, ajeno a la depuración lingüística, Greco 'dice' las cosas con el dedo, las señala y firma con una actitud absolutamente burlona.
Alberto Greco declaró que el «arte vivo dito» es la aventura de lo real: «El artista enseñará a ver no con el cuadro sino con el dedo. Enseñará a ver nuevamente aquello que sucede en la calle. El arte vivo busca el objeto pero al objeto encontrado lo deja en su lugar, no lo transforma, no lo mejora, no lo lleva a la galería».
Aunque pretendiera tener propósitos 'pedagógicos', este comportamiento era, más que nada, una crítica sarcástica o incluso cínica en el sentido de Diógenes a las pretensiones del Arte. Las acciones de este artista, que estuvo dando tumbos entre Sao Paulo, París, Nueva York, Roma y Madrid, sin perder nunca sus raíces porteñas, eran deliberadamente absurdas, con un punto teatral que enlaza con Samuel Beckett aunque sin el desarrollo de sus 'partidas'.
Cuando tuvo el temple de ánimo para escribir en la palma de su mano 'FIN' antes de suicidarse, en buena medida estaba cumpliendo su destino inmoderado. Su final de partida, ocasionado según parece por un desengaño amoroso, dotaba de heroísmo grotesco, valga el oxímoron, una existencia marginal. Acaso su obsesión por el hábito de monja, a la que llegó a 'encarnar', tenga que ver con una obscenidad que, en última instancia, conduce a un atroz enclaustramiento.
Si en la galería Juan Mordó en 1964 colocó a dos en el horizonte de un cuadro informalista bastante dramático, ese mismo año, en la galería Bonino de Buenos Aires, recurrió a dos limpiabotas en otra 'proyección' subjetiva que le conducía hacia lo que Bataille calificara como 'bajo materialismo'.
El MNCARS plantea una excelente revisión de la obra de Greco, del que atesora un importantísimo conjunto de piezas. Ya en la exposición 'Heterotopía. Medio siglo sin-lugar: 1918-1968', que se realizó a finales de 2000 en el ciclo 'Versiones del Sur', tenía Greco un papel relevante en la sección de la 'Constelación conceptual'.
Bien es verdad que cuando volvemos a ver las desconcertantes y divertidas fotos de Greco en Piedralaves (1963) cuesta pensar que aquella 'ruralización' tuviera las intenciones crítico-políticas que luego le han endosado. Si nos atenemos a las declaraciones del propio artista, lo que quería hacer era un 'teatro total', dando rienda suelta a la improvisación, creando 'situaciones' en las que ni siquiera necesitaba al público. Deseaba poner todo patas arriba, despreciando la obra perfecta, dando el inverosímil ejemplo de una obra inacabada o, en otros términos, desquiciada.
Necesitaba todo el espacio del mundo para agotar o intoxicar el arte. Así empleó un rollo de papel de más de 100 metros para dar cuenta de su vida en un batiburrillo que enlazaba la infancia con la pulsión de firmar paredes y objetos, baños públicos y gente de la calle. También se cruzó con otro obsesivo de lo que Baudrillard llama «la semiurgia de la firma»: Ben Vautier. La intemperancia de Greco está, como él mismo reconoció, influida por Yves Klein y también tiene parecidos de 'familia' con Piero Manzoni, aunque en el argentino hay siempre una pulsionalidad incontenible.
El cartelón que este artista, al que han calificado como 'flaneur queer', puso en Buenos Aires con la frase «¡QUÉ GRANDE SOS!» (1961) podría asumirse como una hipertrofia narci- sista, equivalente a una denigración cómica. Buscaba la provocación, incluso meándose –como cuentan que hizo en una acción en Roma– sobre el público.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. C/ Santa Isabel, 52. Comisario: Fernando Davis. Hasta el 8 de junio. Cinco estrellas.
En una extraordinaria 'mala lectura' (ciertamente productiva, en el sentido de Harold Bloom) del Informalismo, se entregó al 'delirio', convirtió el vagabundeo en poética de una fertilidad que nos desafía todavía. Este sujeto que vivió en muchos momentos en la completa indigencia, descalificado como 'farsante', temido como un gamberro, generó un arte inquietante que sigue vivo. Su dedo marca la dirección de lo incómodo, inesperado e inspirador.
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