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La progresión suele darse de la siguiente forma. Conoces a una persona. Te llama la atención, te empieza a interesar incluso. Mantenéis una, dos, tres conversaciones. Intercambiáis uno, dos, tres mensajes. Empezáis a andar esa fina capa de hielo que son los primeros acercamientos, ese ... terreno inestable de los encuentros con un desconocido cada vez más reconocible. Y entonces sucede lo inevitable: uno de los dos (o los dos) se salta el protocolo de los tiempos. Uno de los dos (o los dos) busca a la otra persona en Instagram.
Sin el mínimo esfuerzo aprendes quiénes son sus amigos. Cuál es su grupo de música favorito. Si prefiere el mar o la montaña, si veranea en el norte o en el sur. Si sigue teniendo fotos con sus exparejas. Si le gusta el cine clásico o la novela histórica. Si tiene moto o un deportivo.
En cuestión de minutos, construyes una idea ficticia de quién y cómo es la otra persona, antes incluso de que te haya mencionado el número de hermanos que tiene o el nombre de su mejor amigo. Ya no hace falta preguntar, no hace falta indagar. Tienes a tu disposición casi toda la información sin un ápice de experiencia.
Pero caer en otra persona, adentrarnos en ella, es cercar el misterio poco a poco. Ir rodeándolo hasta descubrir que nunca lo harás del todo, que siempre quedará una pregunta por hacer.
Sin esas zonas oscuras, sin esos huecos por rellenar, sin ese potencial de exploración a tientas, no nace la curiosidad. Cuando tenemos a nuestra disposición imágenes que completan esas rendijas de posibilidad, no queda espacio para la imaginación. Ni para el misterio. Ni tampoco para el deseo.
Enamorarse tiene mucho de trabajo de arqueología. De fijarse e ir retirando con un pincel el polvo sobrante. De ir desenterrando, poco a poco, a su debido ritmo y tiempo, los tesoros del otro. Sus grandezas, pero también sus miserias.
Por eso, si alguien te gusta, no lo busques en Instagram. No pretendas adelantarle. Deja andar a la incertidumbre. Paga el peaje de la inseguridad. Cede al silencio. Permite que la otra persona se despliegue ante ti como un mapa sin cartografiar. Como un terreno por explorar. Como un enigma por descifrar. Como escribió el poeta John Ashbery en ese verso que lo contiene todo, «en algún lugar alguien está viajando furiosamente hacia ti». No adelantes los tiempos. No anules el deseo. No anticipes la colisión.
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