Dos tendencias nacionales se dan cita en las elecciones aragonesas de este domingo. Una de ellas es fácil de explicar, la otra resulta algo más misteriosa.
La primera tiene que ver con la mala salud de las izquierdas. Las encuestas indican que la candidatura socialista liderada por Pilar Alegría obtendrá un pésimo resultado. Y tiene todo el sentido. Pedro Sánchez es un presidente impopular y en trayectoria claramente descendiente. No logra convencer a los ciudadanos ni de que el país que gobierna desde hace años va bien ni de que su Ejecutivo puede solucionar los problemas que les preocupan. Al mismo tiempo, ha llenado las candidaturas regionales de su partido de figuras muy próximas a él. Dado todo esto, lo extraño no es que las encuestas pronostiquen a Alegría un mal resultado. Lo extraño es que alguien haya podido esperar algo distinto.
Más interés tiene el hecho de que los problemas del PSOE no beneficien a otros partidos de izquierdas. Puede que Alegría iguale el peor resultado de los socialistas en Aragón, que fue el de 2015; pero aquel declive estaba relacionado con el auge de Podemos. Tanto fue así que Lambán pudo gobernar con su apoyo. El descontento con el PSOE no nutre a ningún partido con el que los socialistas puedan pactar. Pero, de nuevo, tiene sentido: estos partidos han sido incapaces de desarrollar una mínima autonomía frente al proyecto de Sánchez. Y, cuando lo hacen, el resultado es la disparatada marginalidad de Irene Montero.
Así, se perfila un problema serio para las izquierdas españolas: el oficialismo lleva tantos años repitiendo que todo lo que hacen Sánchez y su PSOE responde a las esencias de la izquierda y el progresismo, que muchos votantes parecen habérselo creído. Solo que la conclusión que alcanzan es la contraria de la que querría Moncloa. Si la izquierda son las coaliciones sanchistas y los escándalos que rodean al Gobierno, parecen decir los votantes, entonces con nosotros que no cuenten. Por esto resulta tan simbólico que Rodríguez Zapatero no vaya a aparecer en la campaña aragonesa. Pocos han defendido con tanto entusiasmo como él la idea de que el proyecto sanchista era el único camino posible para la izquierda. Ahora, tanto su ausencia como las informaciones sobre cobros ligados a operaciones en Venezuela parecen una señal más de un estrepitoso fin de ciclo.
En realidad, la tendencia nacional que tiene mayor misterio es la que se está produciendo al otro lado de la trinchera política. Vox está creciendo -mucho- sin que esto amenace la primacía del PP en el bloque de la oposición, y sin quitar opciones de gobierno a los de Feijóo. Esto se suele explicar como el resultado de una «derechización» del electorado, cuando, en todo caso, se debería hablar de «derechizaciones»: quienes prefieren a Feijóo antes que a Abascal tienen una idea de lo que debe ser la derecha, y quienes prefieren a Abascal antes que a Feijóo tienen otra. El gran desafío para ambas derechas es mostrar que son compatibles entre sí; no en términos de resultados electorales, sino en lo que se refiere al ejercicio del poder.