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¿Cuándo 'cazafortunas' se volvió un elogio?

¿Cuándo 'cazafortunas' se volvió un elogio?
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'Casarse bien' o 'hacia arriba' son solo dos eufemismos de un concepto sociológico —la hipergamia— que ha dejado de ser tabú. En las redes, en las series... Las nuevas 'cazafortunas' (de siempre) se enorgullecen de su riqueza y compiten entre ellas. ¿Fue alguna vez ciego el amor romántico?
¿Cuándo 'cazafortunas' se volvió un elogio?

'Casarse bien' o 'hacia arriba' son solo dos eufemismos de un concepto sociológico —la hipergamia— que ha dejado de ser tabú. En las redes, en las series... Las nuevas 'cazafortunas' (de siempre) se enorgullecen de su riqueza y compiten entre ellas. ¿Fue alguna vez ciego el amor romántico?

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Isabel Navarro | Carlos Manuel Sánchez | Ilustración: Another Sea

20/05/2026 a las 17:09h.

«Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». Lo escribió Jane Austen en 1813 al comienzo de Orgullo y prejuicio, una frase que puede oler a naftalina y, sin embargo, no ha perdido cierta vigencia.

En la época de Jane Austen, el matrimonio era una alianza forjada en el pragmatismo, no en el amor. La mujer no podía heredar ni tener propiedades; tampoco tomar decisiones sin el permiso del padre o el marido. Y mucho menos tener voz y voto en la vida pública. 'Casarse bien' (ese eufemismo) no era un capricho, sino la única salida prevista para una dama. Algunas, las menos, se revelaban contra este destino, razón por la que Emily Dickinson nunca salió de su casa y Jane Austen rechazó la propuesta que le habría dado seguridad económica. Elegir la soltería y la literatura (y, por lo tanto, la precariedad) siempre fue la excepción. Lo normal era buscar marido como quien busca empleo.

Con la Revolución Industrial las cosas comenzaron a cambiar. Las mujeres (algunas) empezaron a acceder a la educación, al trabajo, a cierta independencia económica. Y justo entonces apareció en el lenguaje popular un término despectivo: 'cazafortunas' (en inglés gold digger). La palabra se popularizó en 1919 gracias a una obra de teatro llamada The gold diggers, sobre coristas que perseguían a hombres ricos, y desde entonces reaparece cíclicamente cada vez que la economía se tambalea. «La figura de la cazafortunas surge en momentos de tensión sobre el matrimonio o el género, siempre ligada a la precariedad económica», explica Brian Donovan, sociólogo de la Universidad de Kansas. «Durante la Gran Depresión, cuando la gente debería haber estado cabreada con banqueros y especuladores, a quien preferían ridiculizar los cómics era al personaje de Blondie, la mujer codiciosa. Lo que demuestra que es un estereotipo que surge para desviar culpas».

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Más de un siglo después, el concepto de 'cazafortunas' no solo no ha muerto, sino que ha resurgido. Uno de los videojuegos más conocidos en la actualidad en China comenzó llamándose La venganza contra las cazafortunas. El protagonista de la trama es un repartidor que se enamora de una streamer. Ella lo seduce, lo deja sin ahorros y luego desaparece. Con el corazón roto, 'la víctima' se reinventa como un exitoso hombre de negocios que busca vengarse de mujeres como ella. El eslogan del videojuego: «Son las cazafortunas quienes mataron al amor», dividió a la opinión pública entre entusiastas jugadores –sobre todo incels (célibes involuntarios) y hombres que se quejan de ser 'cajeros ambulantes' en sus relaciones románticas– y quienes tildaban al videojuego de misógino. Tras la polémica se cambió el nombre al más neutro: Simulador antifraude emocional.

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Sin embargo, cada vez hay más personas que no consideran 'cazafortunas' un insulto y han optado por adueñarse de la etiqueta para transformar la crítica en una ironía a su favor. Mujeres (u hombres) que, en lugar de ocultar la búsqueda de estabilidad financiera (o directamente de una mina de oro) a través del matrimonio, exhiben sin complejos su relación con personas acaudaladas en las redes o en televisión, llegando a transformar el estigma en una especie de marca personal con un subtexto claro: «Mírame, soy absurdamente rica».

El cinismo de la casamentera Dakota Johnson en «Amor materialista» salta por los aires cuando se trata de elegir (para ella) entre el candidato perfecto, Pedro Pascal (rico, guapo, encantador), y su exnovio, Chris Evans (también guapo), pero con los bolsillos vacíos...

Entonces, ¿es que acaso el amor se ha vuelto materialista? ¿O es que nunca dejó de serlo?

El amor no es un cálculo matemático, lo sabemos, pero da la sensación de que en el ecosistema de las citas modernas, filtradas por algoritmos, los participantes del juego romántico tienen cada vez menos rubor a la hora de enumerar exigencias en cuestión de ingresos, edad, peso, estatus, creencias religiosas, ideología política, prácticas sexuales...

La utopía romántica ha sido sustituida, en ficciones y ensayos, por una mayor exigencia de racionalización en las búsquedas eróticas y afectivas, que incluyen también la satisfacción económica como una de las variables

La película Materialistas –dirigida por Celine Song– generó debate en las redes sobre la naturaleza actual del «amor moderno». Su protagonista, Dakota Johnson, interpretaba a una matchmaker, una casamentera de lujo cuya labor consistía en emparejar a personas de alto poder adquisitivo en la competitiva Nueva York. Una celestina contemporánea cuya forma de entender el matrimonio, siempre con la calculadora en la mano, aplicaba una lógica nada alejada de los planteamientos de la época de Jane Austen: ellos tienen que ser ricos y altos y ellas, guapas y jóvenes. Pero el cinismo de la matchmaker salta por los aires cuando se trata de elegir (para ella) entre el candidato perfecto, Pedro Pascal (rico y guapo); y Chris Evans, también guapo pero con los bolsillos vacíos y, por lo tanto, menos perfecto.

La conclusión final parecía ser que el amor de verdad es de pobres y que el dinero no puede comprarlo, pero la naturalidad con la que la película retrataba la capitalización de los afectos dejó su (dolorosa) huella en los millennials a los que iba dirigida. La periodista Eva Morell, creadora de Las Fatalistas (contenido disponible en la plataforma substack), escribió un artículo titulado El amor bajo inventario (o por qué 'Materialists' me dejó hecha polvo), donde decía: «A la protagonista la ves calibrar sus renuncias y sus ventajas con una frialdad que irrita y, al mismo tiempo, te resulta familiar. Crecimos con la falsa creencia de que el amor lo puede todo, pero nos hicimos adultos en un mundo en el que todo (también el amor) tiene coste de oportunidad: dinero, tiempo, salud mental. Si eliges pasión, tal vez eliges incertidumbre; si eliges estabilidad, tal vez creas que pierdes otras cosas. Ninguna opción es inocente, ninguna te garantiza nada. Pero todas son correctas».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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