«El lunes vi la noticia. Me removió tanto por dentro el dolor que sentí, que no dudé en que tenía que venir», dice Ángel a la salida del Centro Cívico Poniente Sur de Córdoba. No fue una decisión razonada ni heroica -o eso insiste él-, sino una de esas certezas inmediatas que obligan a actuar. Ese impulso ya lo sintieron muchos otros antes, en otras catástrofes cuyas fechas siguen siendo cicatrices colectivas en España: la dana de octubre de 2024, el accidente del Alvia en la curva de Angrois o el atentado del 11-M, entre otros. Entonces, como ahora, personas anónimas se desplazaron hasta el lugar del desastre movidas por una solidaridad.
Ángel fue una de ellas. Al conocer la noticia del descarrilamiento de los trenes, levantó el teléfono y llamó a una amiga fisioterapeuta. «Siento que tengo que ir, ¿vienes?», le dijo, sin más explicaciones. Ella aceptó. Él fue a buscarla desde Aragón hasta el País Vasco y, juntos, recorrieron los 760 kilómetros que los separaban de Córdoba, un trayecto que no parece largo cuando se mide en necesidad, pero sí cuando se piensa después, ya en frío.
Ella ha preferido no aparecer en este reportaje. Ángel accede a hacerlo con cierta incomodidad, casi con vergüenza, porque considera que su trabajo consiste precisamente en no ser noticia y en recordar que el foco debería estar en quienes han perdido algo irreparable y en las causas que desencadenaron la tragedia. Aun así, habla. «Cuando llegas al punto cero es una especie de shock», explica, «pero vas con el chip de ayudar: no te permites sentir demasiado porque no hay tiempo ni espacio; es hacer, actuar y dormir».
No es la primera vez que ese impulso lo lleva al centro mismo de una tragedia. En agosto de 1996 viajó hasta el barranco de Arás, tras la riada que arrasó el camping Las Nieves de Biescas (Huesca), una catástrofe natural agravada por una negligencia que dejó 87 muertos y 187 heridos, y cuyo último cuerpo tardó casi un año en ser recuperado. «Cuando sales y regresas a tu ciudad lloras», recuerda, «porque te das cuenta de lo afortunado que eres». La segunda vez, cuenta, el impacto ya no es el mismo: el shock inicial se atenúa porque «ya se ha visto, se ha vivido, se ha llorado, ya se ha hecho un duelo propio». «No hay un segundo duelo o, si lo hay, es más leve», dice.
Ambos forman una dupla completa. Ella trata el cuerpo a través de la fisioterapia y el quiromasaje. Él trabaja con la mente y el duelo mediante el reiki: «Me centro en las energías», dice con un ritmo pausado. Además, ambos son coach.
Resulta curioso cómo voluntarios de cualquier lado aparecen en los hospitales o en las puertas del Centro Cívico para ayudar a esas familias que aún aguardan noticias o acaban de recibir la más devastadora de ellas. Cada voluntario con sus conocimientos (por muy diferentes que sean los campos) se presentan allí para aportar lo que puedan en un momento de tal necesidad. «Nuestra labor la hemos hecho extensiva, no solo para los familiares también a personal de Cruz Roja, policía o Protección Civil. Porque... ¿Quién cuida al cuidador? Hay gente que hace turnos de más de 12 horas. Vienen cuando se levantan y se van cuando cierran», señala.
El objetivo de esta intervención alternativa no es reemplazar nada, sino ofrecer una tregua. Una vía de escape momentánea en medio de un colapso emocional que arrasa en el momento más duro de los afectados. Los niveles de estrés y la gestión del trauma embotellan la cabeza y agarrotan el cuerpo.
El reiki, una práctica de origen japonés desarrollada a principios del siglo XX, es considerado por la comunidad científica como una pseudoterapia. Consiste en la disposición de las manos sobre el cuerpo (en ocasiones sin necesidad de contacto) para que a través de las palmas se lleve a cabo una «trasvase de energías». La idea es aliviar, aunque sea por un instante, esa tensión que se acumula en músculos y pensamientos.
Esta práctica, al no formar parte de la medicina convencional, despierta escepticismo especialmente en contextos de emergencia. Sin embargo, se trata de una práctica a la que acuden cientos de personas en nuestro país y posee un público que fehacientemente cree en su utilidad.
Tras el accidente ferroviario, Ángel se ha encontrado con interés por parte de estas familias. Las dificultades, asegura, no han venido por el rechazo de las mismas, sino por un motivo logístico. «El problema es que, aunque hay gente interesada, no siempre nos dejan los espacios adecuado», lamenta. Necesitan poco: una habitación tranquila, una camilla e intimidad. Pero la gestión de las zonas depende de distintas administraciones -el Centro Cívico, como espacio pertenece al Ayuntamiento de Córdoba, y los servicios que ahora se prestan allí, a la Junta de Andalucía, administración que les ha permitido actuar a Ángel y su amiga, como voluntarios- y no siempre resulta fácil.
Han pasado ya seis días del accidente. Las investigaciones avanzan y cada uno de los actores implicados continua con su trabajo. En paralelo, voluntarios, como ángel buscan ofrecer una tregua, no busca dar una solución a algo que solo el tiempo cura, y nunca del todo. Pero resulta ser una alternativa más a tener en cuenta, tratando de sostener un dolor inmenso.