Algún día, quienes fuimos jóvenes entre 2010 y 2020, le explicaremos a nuestros nietos lo que fue un hipster. El término viene de un ensayo de Norman Mailer publicado en 1957, pero en el siglo XXI reapareció con un nuevo significado. El nuevo hipster, nuestro hipster, era el millennial urbano que aspiraba a distinguirse más por el gusto que por el riesgo: café artesanal, ropa vintage, memorabilia selecta, música indie y un distanciamiento consciente de la cultura de masas. Los hipsters abrazaron aquello que los boomers despreciaron: los centros urbanos, las barbas, los vinilos y las paredes de ladrillo visto. El hipsterismo fue una forma de presumir de individualidad a través de un consumo coqueto, pero consumo al fin.
Esta semana, los dueños de la librería Tipos Infames anunciaban su cierre tras 15 años alegrando las calles de Malasaña. Su caso ilustra con nitidez la paradoja de la gentrificación: un barrio es sucio y barato hasta que empieza a hacerse atractivo precisamente por negocios como «Tipos Infames. Libros y vinos». Los relatos moralistas sobre las mutaciones urbanas tienden a ignorar que lo que hace un barrio respirable termina por hacerlo inasequible. Los pioneros se ven excluidos por las mismas fuerzas que ellos mismos desataron. Hablar de Tipos Infames no es hablar de la mercería del barrio, sino de quienes la reemplazaron para fundar la nueva Malasaña.
Muchos culpan al modelo económico de Madrid, a los especuladores o a los turistas. Hay razones, seguro, pero es justo reconocer que fue Madrid lo que permitió que Tipos Infames naciera y floreciera. El hipsterismo no rechaza el capitalismo, si acaso lo refina. Al atribuir valor moral y estético al consumo convierte el gusto en una mercancía en sí mismo. Pienso en las tote bags que se vendían en el mostrador; su función no era cargar libros, sino exhibir afiliación y capital cultural, como cualquier logo de marca.
Quienes lamentamos el cierre de este y otros negocios similares —más de clase que de barrio— deberíamos ser sinceros sobre lo que estamos pidiendo. Queremos que la gentrificación se detenga exactamente en nuestro poder adquisitivo. Queremos que se marchen los yonkis y se queden los libreros. Queremos el encanto de la mejoría sin sus riesgos. Es comprensible. También es imposible. Las ciudades no se ajustan a la sensibilidad de una única cohorte. Y menos a una minoritaria y precaria como los bourgeois boheme, o bobos.
Siento el cierre de Tipos Infames como siento el fin de lo hipster. Con todos sus defectos, el hipster quiso ser un embajador del buen gusto, de lo artesano frente a lo industrial, de lo profundo frente a lo banal. Ahora, la generación que presumía de estatus con Moleskines y comiendo con las manos en las mesas del Baobab, da paso a una generación que presume de músculos y de compartir sensibilidad musical con quinientos millones de personas. Algunos temen que donde estuvo la librería aparezcan pisos turísticos, pero más temible sería que abriera un gimnasio. Que allá donde encontrábamos libros y vinos se ofrezcan abdominales y proteína.