Lo más triste del debate sobre el burka es que no existirá. Es demasiado complejo y demasiado goloso. Exige una finura conceptual que parece inalcanzable a nuestros parlamentarios y a la vez invita a un posicionamiento irreflexivo y visceral. De unos contra la extrema derecha, de otros contra la temida islamización. Por eso, además de prestar atención al debate en sí, conviene vigilar de cerca la coherencia a medio plazo de quienes debaten.
El debate es complejo, no porque haya dudas sobre lo que el burka representa, sino por las consecuencias que arrastran los argumentos a favor y en contra de su prohibición. El burka no es una prenda neutra, sino un símbolo e instrumento de subordinación femenina. Y aunque en algunos casos —sospecho que pocos— sea una práctica voluntariamente elegida, refuerza una estructura que limita la autonomía de las mujeres en su conjunto. En todo caso, sólo se puede decir que alguien viste libremente el burka si consta que tiene la libertad de quitárselo. El veto, además, no atentaría contra la libertad religiosa, dado que no proscribe la fe ni obstaculiza el culto. La prohibición se dirige contra una manifestación pública que en ningún caso es esencial para la práctica del islam.
Tras asumir estas premisas, hay quien concluye que el Estado tiene un interés legítimo en oponerse a una práctica que institucionaliza la desigualdad, impide la integración cívica y podría incluso comprometer la seguridad. De esta manera, los partidarios de la prohibición arguyen que protegería al individuo y el orden social.
Enfrente están quienes consideran que la prohibición es una violación de los derechos individuales. Conscientes o no (diría que no) se acogen al argumento del daño de Mill, según el cual la interferencia del Estado se justifica únicamente para evitar daños a terceros, nunca para proteger a los adultos de sí mismos. Reniegan tanto del paternalismo que pretende proteger a la mujer de una posible elección lesiva como del Estado que prohíbe con la intención de no otorgar legitimidad a un símbolo de subordinación.
La paradoja es que esta última postura la están defendiendo formaciones de izquierdas, normalmente partidarias de la intervención del Estado, y muy especialmente cuando se trata de revertir las costumbres que invisibilizan simbólicamente a la mujer. Es llamativo que opten por el laissez-faire ante aquellas que la invisibilizan literalmente. Va a resultar que las mujeres ocultas tras el burka son las únicas obran libremente, ajenas a la dominación patriarcal.
Tan llamativo es este liberalismo en la izquierda como que aboguen por la intervención quienes habitualmente reniegan de la interferencia estatal en la vida privada o las costumbres religiosas. Este es uno de esos debates en los que la izquierda identitaria recurre a principios libertarios y los conservadores se hacen liberales republicanos. La duda es qué capacidad de arrastre tendrán estos juicios sobre la autonomía individual y la presión estructural cuando lo debatido no sea el burka, sino la prostitución o la gestación subrogada. Supongo que ninguna, porque si algo tiene poco arrastre en política son los principios.