Y en pleno «infierno», como él mismo lo llama, después de socorrer casi a oscuras a las víctimas del Iryo, y tras descubrir el Alvia accidentado a unos 800 metros, al fijarse en «un grupo de pasajeros que venía caminando como de la nada, a los que les pregunté y me dijeron: 'Es que venimos del otro tren'», y cuando él ya estaba asistiendo «como podía» a las víctimas de ese segundo tren, donde él mismo y su compañero eran «en ese momento la única ayuda», al guardia civil Arturo Carmona, de 46 años, se le plantó delante «un hombre con un chaleco amarillo».
- ¿Quién era?
- Pues resulta que me dice que era el maquinista de un tercer tren, que le habían pedido que caminara hasta allí a ver qué pasaba en el Alvia.
El hombre, el conductor de un Avlo detenido a dos kilómetros, a quien desde Madrid han pedido que camine por las vías, linterna en mano, para intentar enterarse de qué había pasado con el Alvia, «me tiende un teléfono móvil y me dice que si puedo hablar por teléfono con la central de Atocha. Así que, claro, cojo el teléfono».
- ¿Qué le preguntan?
- Me dicen: «Mira, te llamo de Atocha, de la central. Oye, ¿qué está pasando ahí? ¿Nos lo puedes describir, por favor?». Ellos no sabían cómo estaba aquello en ese momento, me dijeron.
En ese preciso instante, según el relato a EL MUNDO de Arturo Carmona, ha podido pasar, fácilmente, una hora desde el choque entre el Iryo 6189 y el Alvia 2684. Él y su binomio habían llegado al Iryo «unos 40 minutos después del aviso», que se había producido a su vez unos minutos después del propio accidente, datado hacia las 19.44 h. Tras su llegada, Carmona había estado ayudando en el Iryo, había corrido hacia el Alvia tras ser el primero en 'descubrirlo', y también allí había estado asistiendo a pasajeros antes de que le plantaran delante ese móvil, y la pregunta.
- ¿Y qué les responde usted?
- ¿Yo? Les dije lo que había: un accidente de mucha gravedad, con muertos y heridos. No sabían el alcance.
Atocha, en realidad, había hablado con la interventora del tren, pero ésta, sangrando por la cabeza, no había podido comunicar qué sucedía. En su rueda de prensa del miércoles pasado, el responsable de Operaciones de Adif, Ángel García, admitió, junto al ministro Óscar Puente, que el desconcierto en la central de Atocha sobre la situación del Alvia era tal, que 30 minutos después del choque se mandó a ese maquinista caminando por la vía, con una linterna, a ver qué había pasado con el tren. García lo llamó «pequeño momento de confusión».
La realidad es que, aunque el 112 andaluz (las competencias están transferidas) recibió la primera llamada sobre el Alvia a las 19.55 horas y asegura que colocó el primer equipo sanitario en el Iryo a las 20.02, Adif, que ya a las 20.13 horas publicó un tuit sobre el Alvia «descarrilado», no supo que ese Alvia era «el infierno», como dice el guardia Arturo Carmona, hasta como poco una hora después del choque, mientras heridos graves pudieron debatirse entre la vida y la muerte. Y sólo lo supo porque él mismo se lo dijo por teléfono.
Es más: tal y como lo cuenta Carmona, en ese instante, prácticamente una hora después de la colisión que hizo literalmente «volar» los dos primeros vagones del Alvia hacia un talud de cuatro metros de profundidad (53 de los 167 personas viajaban en esos dos primeros vagones, el segundo de los cuales llevaba cafetería), no había un solo sanitario ni un guardia ni «nadie» socorriendo al tren más siniestrado. «Estaban solos», dice.
¿Cómo pudo suceder? Adif, que a preguntas de este diario no ha facilitado por qué métodos puede conocer que un tren se ha salido de los raíles, no tiene control de geolocalización de los trenes que usan su vía, sino que lo tienen «cada una de las operadoras», según fuentes internas de la compañía. Desde Atocha todo lo que se veía era un punto rojo en la pantalla. Ni siquiera se sabía que 400 metros de catenaria acababan de ser arrancados.
Otra clave es la distancia de unos 800 metros entre ambos trenes en la gélida noche cordobesa. Algunos testigos dicen que, desde el Iryo, del Alvia sólo se veía «una lucecita roja muy lejos»; otros, como el propio Carmona, dice que «no se veía absolutamente nada». Periodistas en el lugar han asegurado que hoy, incluso de día y aunque la vía es recta, apenas se llega a distinguir un tren accidentado desde el otro.
Una tercera clave la apunta a este diario un responsable del 112 durante los atentados del 11-M: a veces dos emergencias contiguas se funden por error en una sola en esos primeros minutos, y el caudal de ayuda va sólo a esa, soslayándose la otra en el fragor del momento hasta que el fallo emerge.
Dice esta fuente: «Recibíamos llamadas del tren de Atocha y de otro en las vías junto a la calle Téllez [a 600 metros de la estación], y en un primer momento todas las llamadas que recibíamos se asociaban, involuntariamente, a la estación, así que allí mandábamos a las asistencias. Hasta que la avalancha desde Téllez empezó a ser tal que nos dimos cuenta de que eran dos escenarios diferentes. Quizás en Adamuz pueda haber sucedido algo parecido».
Y la cuarta clave es que, en realidad, los pasajeros del Iryo no advirtieron que otro tren chocaba contra ellos, empezando por su mismo conductor, que comunicó a la central de Atocha sólo que había descarrilado. En realidad, como han narrado muchos, vivieron la peripecia como un frenazo brutal y un descarrilamiento: «Nadie en el Iryo sabía que había otro tren, que nosotros escucháramos», certifica el guardia civil.
Que va incluso más allá: «Cuando advertí que venía gente caminando desde la oscuridad, y me dijeron que había otro tren accidentado y le dije a mi compañero que nos fuéramos para allá, que parecía que allí no había nadie, estábamos hablando con el maquinista del Iryo, que nos dijo: 'No, no, en absoluto, el único tren accidentado es este, no hay otro'».
Conclusión: al menos 50 minutos después del choque, el conductor del Iryo, que había quedado atravesado en su cola en la vía de al lado, y había comunicado a Atocha «un enganchón» en la catenaria y un «descarrilo» parcial de sus vagones 6, 7 y 8, no sólo no sabía aún que había chocado con otro tren: desde Atocha tampoco nadie le había avisado.
La peripecia de Carmona y su compañero, Ángel Ayala, evidencia el caos que se pudo vivir en el lugar, a oscuras, en medio de ninguna parte -el lugar está a unos tres kilómetros de Adamuz (4.098 habitantes)- y con 484 pasajeros afectados, muchos de ellos «vagando por las vías», perdidos.
«Nosotros estábamos patrullando por Córdoba capital y escuchamos que enviaban allí una patrulla, y dijimos: 'Uf, AVE, un domingo a estas horas...'. Fue un pálpito. Avisamos de que íbamos también. Hablaban de un solo tren, no de dos. Nos hablaban del Iryo solamente. Dijimos a central que íbamos y les pareció bien».
«Llegamos sobre las 20.30, a la par que los compañeros a los que mandaban, y ya vimos lo que había», continúa. «Había dos dotaciones bomberos y ambulancia. Había mucha gente deambulando con lesiones visibles, con fracturas, heridas abiertas, y también vecinos de Adamuz ayudando. Nos dedicamos los más graves y los acercábamos a ambulancias».
Ahí es cuando algo empieza a no cuadrar: «En determinado momento vemos gente, menos de 10 personas, que vienen de una zona oscura, con linternas. Llevaríamos unos 10 minutos allí en el Iryo. A mí me extrañó: si el tren lo teníamos allí, ¿por qué venía la gente en sentido contrario? Aquello no tenía sentido. Nos acercamos otro compañero y yo. Le dije: 'Pero caballero, ¿de dónde viene usted?'. Y nos dijo: 'Venimos del otro tren, hay otro tren con heridos y fallecidos'».
«Automáticamente le digo al compañero: 'Vámonos allí, que hay otro tren'. Y echamos a correr como podíamos, por las vías, para intentar llegar allí». Cuenta Arturo Carmona que correr sobre el balastro, las piedras sobre las que se asientan las traviesas de las vías, «es muy difícil, porque son piedras cortadas con máquinas».
Ahí se le abrió lo que él llama «infierno»: «Cuando íbamos ya veíamos cuerpos de gente muerta por ahí esparcidos. Llegamos y había unas 40 ó 50 personas admirables, muy calmados, intentando organizarse. Y veo una niña de seis o siete años. Decía que sus padres estaban muertos. No lloraba, me dejó muy marcado. Como que no se daba cuenta de lo que había pasado, estaba la pobre como en una película».
Era la hija de la familia Zamorano, la única superviviente de la familia de Isla Cristina. «Yo me fui para abajo, le di un abrazo, le dije que estuviera tranquila, que no pasaba nada y le pedí a una pareja mayor que no la dejaran hasta que llegara ayuda».
A esas 40 ó 50 personas que se encontró, Carmona les dijo «que se fueran camino adelante, que allí había asistencias»: ellos «tampoco sabían» que había otro tren accidentado.
«Había muchas personas heridas, y fuimos viendo a algunos, y lo que íbamos haciendo era juntar a cada herido con alguien sano que se responsabilizara de él», narra el guardia, con un punto de emoción.
Carmona y su compañero, que en un principio llegaron a pensar que el Alvia era «unos vagones del Iryo que se habían desgajado durante el accidente», ya estaban viendo la magnitud de la catástrofe cuando, al avanzar junto al tren, escucharon «gritos de gente pidiendo auxilio que venían como de detrás de una valla metálica». «Al saltarla como pudimos», continúa, «nos encontramos con los dos vagones metidos en el talud. Había alguna gente que había saltado por las ventanas y habían quedado encajados contra el talud, y no podían salir. Sacamos a dos o tres personas así, tirando».
Fue en ese momento cuando apareció el hombre del chaleco, y Carmona comunicó «la gravedad» de todo, y pidió «que por favor cortaran la electricidad alrededor, porque estábamos cientos de personas allí y podía haber más desgracia aún».
Cuando el maquinista, que «tenía que volver a su tren», se dio la vuelta, Carmona enfocó a la vía hacia él «y había bastantes cuerpos tendidos allí, por un lado y por otro. Era terrible».
Miró a los vagones del «agujero» y sólo sintió «impotencia», porque «las manos no traspasan el metal», dice.
La versión de Interior y el 112 de la Junta de Andalucía
A LAS 20.12 H. El ministro del Interior, Grande- Marlaska, preguntado por un posible retraso en la ayuda, dijo ayer que «en las emergencia se no dan todos los datos por rapidez» y que «la primera patrulla en llegar», que según él lo hizo a las 20.12, «ve la entidad de lo que sucede y luego avisa al resto».
El 112 ANDALUZ. Asegura que la ayuda tardó en desplegarse en los trenes «50 minutos», informa Teresa López Pavón.