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¿Ese es el plan?

¿Ese es el plan?
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Con diecisiete años es difícil mirar a cualquier parte sin sentir un pequeño escalofrío

LA TRIBUNA

¿Ese es el plan?

Con diecisiete años es difícil mirar a cualquier parte sin sentir un pequeño escalofrío

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ALFONSO PALACIOS

INGENIERO INDUSTRIAL

12/09/2026 a las 02:00h.

Con diecisiete años es difícil mirar a cualquier parte sin sentir un pequeño escalofrío. A veces dura sólo un rato. Otras todo el día. Hasta ... que poco a poco sientes que forma parte de ti. Empiezas a darte cuenta de más de lo que puedes asimilar y acabas bloqueándote. Ni siquiera sales de casa. Te quedas absorto en los videojuegos o en el 'scroll' infinito de cualquier red social, donde todo el mundo parece más feliz, más interesante y mejor acompañado que tú.

Sales, y es casi peor. La ciudad se ha vuelto tan inhóspita que apenas hay lugares donde quedar, si es que tienes con quién. La calle está hecha sólo para consumir. Hay parques infantiles por todas partes, sí, pero hace tiempo que dejé de deslizarme por un tobogán. Ahora necesito otra cosa: bancos a la sombra para estar un rato sin que me miren mal, una pista para hacer deporte, o simplemente una zona tranquila por la que pasear sin que el tráfico me abrume.

Cuando creces sintiendo que el horizonte se estrecha cada año un poco más, lo extraño no es que algunos nos radicalicemos

Y luego llegan los fines de semana. Uno de cada dos tengo que ir a casa de mi padre, lejos de donde me muevo normalmente, y últimamente casi ni me apetece pasar tiempo con él. No es que me caiga mal exactamente. Es algo más raro. Como si viviéramos en mundos distintos y cada conversación nos recordara lo lejos que estamos. Él intenta preguntar cosas, pero siempre suenan como un interrogatorio. Yo asiento, respondo lo justo y miro el móvil.

Tengo la sensación de que todavía cree que soy el niño que se sentaba a su lado a ver 'La Guerra de las Galaxias' o a jugar con la guitarra. Pero casi todo lo que hace me resulta torpe o fuera de lugar. Cuando intenta bromear o aconsejarme, me incomoda, y cuanto más insiste, más ganas tengo de desaparecer en mi cuarto. El de ese fin de semana. Supongo que piensa que estoy enfadado con él. Quizá un poco sí. Pero sobre todo siento que me habla desde una vida que ya no existe.

Tampoco me gusta cuando saca el tema de qué voy a hacer al acabar el instituto. No entiende que eso ya no funciona como antes. La inteligencia artificial avanza cada vez más rápido y nosotros seguimos estudiando casi lo mismo que ellos, con métodos que apenas han cambiado. Empiezo a pensar que me preparan para un futuro que no termino de ver.

Aun teniendo suerte y eligiendo algo que sea útil dentro de unos años, el panorama es desalentador. Ni siquiera con un trabajo decente podré comprar una vivienda. A veces pienso que la única forma de tener una casa algún día es esperar a que mi padre se muera y heredar la suya. Y no me gusta pensar eso.

¿Ese es el plan?

Al volver, mi madre tiene puesto el telediario. Hablan de guerras, crisis y líderes capaces de hacer estallar el mundo por ego y ambición. Lo dicen casi con normalidad, como una noticia más. Me encierro en mi habitación sin saber muy bien cómo lidiar con ello. Necesito agarrarme a algo para no acabar a la deriva. Y cuando todo se vuelve tan cuesta arriba, es fácil terminar yéndose demasiado lejos.

Puedo aferrarme de golpe a una religión o a una ideología y convertirla en identidad. Al menos eso me da algo que ahora mismo necesito: certezas. Por un momento alguien te dice quién eres y por qué estás enfadado. La tibieza, cuando sientes que todo va en tu contra, deja de ser una opción.

Y aun así los adultos se preguntan qué está pasando con los jóvenes y se sorprenden cuando nos ven abrazando ideas extremas. Pero cuando creces sintiendo que el horizonte se estrecha cada año un poco más, lo extraño no es que algunos nos radicalicemos. Lo sorprendente es que la mayoría siga intentando encontrar su lugar sin enfadarse con el mundo que estamos heredando.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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