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Política

España: un viaje en tren con final en Adamuz

España: un viaje en tren con final en Adamuz
Artículo Completo 705 palabras
"Los muertos de los trenes de Adamuz, y los heridos, que tendrán que vivir ya para siempre con la cicatriz, nos devuelven a un tiempo y a un espacio que dábamos por superados" Leer

No existe ninguna imagen más fiel de la muerte que una de esas vías infinitas de ferrocarril, oxidadas y abandonadas, sobre las que se proyecta, como en sfumato, un horizonte al que no le vemos el final. Porque no lo tiene. La muerte rara vez es un destino. La muerte es quedarse a mitad del camino hacia algún lugar. Nada la evoca mejor que los senderos de hierro que conducen a los trenes regulares a sus destinos, vertebrando el país y haciendo que su sangre palpite hasta que, sea por el tiempo o por la desidia, o por ambas cosas, un día se convierten en arqueología y en nostalgia. Las metáforas, a veces, se dan la vuelta sobre sí mismas, como si el tiempo cuando avanza estuviera retrocediendo sobre sus pasos. Viajando hacia su semilla.

En 1992, cuando España creía haber conjurado los fantasmas de su historia y alcanzaba el viejo sueño de Ortega y Gasset -Europa es la solución-, accediendo a una modernidad que dos décadas antes hubiera sido quimérica, la alta velocidad se entendió -y se sintió- como la prueba irrefutable de un cambio social sin vuelta atrás. El AVE era un avión terrestre que volaba sin despegarse de la tierra, suspendido sobre unas vías prodigiosas. Era un tren cómodo, fiable, eficaz y silencioso, una absoluta anomalía en un país tan ruidoso como el nuestro, que durante el siglo y medio precedente había viajado siempre en trenes prehistóricos, de ancho diferente al europeo, vetustos vagones de madera y locomotoras bufantes.

Para saber másGráfico.

Así fue el accidente: la secuencia de la tragedia

  • Redacción: ELSA MARTÍN
  • Redacción: EMILIO AMADE
  • Redacción: ÁLVARO MATILLA
  • Redacción: MARÍA ALCÁNTARA
Fotografía.

Imágenes del accidente de dos trenes en Adamuz (Córdoba)

  • Redacción: ELENA IRIBAS / AGENCIAS

Nadie hubiera imaginado que la red de alta velocidad, que entonces se limitaba a la huérfana línea Madrid-Sevilla, inaugurada días antes de que la Exposición Universal, con Juan Carlos I reinando todavía sobre la corte de Camelot y la socialdemocracia en la Moncloa, iba a convertirse en el mapa donde tendríamos que llorar -sin consuelo- a nuestros difuntos. No existe dolor sin precedente. La mañana de los atentados de Atocha (11M) quizás empezamos a entreverlo: la muerte, a la que César González Ruano identificaba por su blancura, podía adoptar la máscara de una vía o un tren sin destino, como los dos que este domingo surcaban los caminos minerales de Córdoba, uniendo Huelva, Málaga y Madrid, antes de que el Guadalquivir, el río que explica a Andalucía, se convierta en ese valle fértil donde, como escribió Chaves Nogales, «la muerte siempre es un asesinato».

Los muertos de los trenes de Adamuz, y los heridos, que tendrán que vivir ya para siempre con la cicatriz de sentir durante veinte segundos el fuego del fin de la historia, nos devuelven a un tiempo y a un espacio que dábamos por superados. Las grandes desgracias ferroviarias sucedían siempre en otros lugares. Muy lejos. En Asia o en África, donde las locomotoras eran las bestias del subdesarrollo y las máquinas del desconsuelo. Ahora sabemos que no. De un tiempo a esta parte los trenes que unen a las grandes urbes de España -las líneas provinciales y comarcales de Renfe fueron abandonadas- son sinónimo de peligro, negligencia, ineficacia, retrasos y, ahora, de tragedias. Adamuz, como el viaje que llevó a Dante al Infierno, es la estación término de un trayecto simbólico que nos conduce desde esa España de comienzos de los años noventa -cuando todo aún parecía posible- hasta hoy, cuando lloramos a las víctimas cuya vida ha sido mutilada y nos conmueven los cadáveres que, en esta nueva noche oscura, yacen dentro de los vagones desventrados.

* Carlos Mármol es escritor y periodista

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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