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Cultura

Florian Zeller: «De algún modo, el arte muere cuando no tiene limitación alguna»

Florian Zeller: «De algún modo, el arte muere cuando no tiene limitación alguna»
Artículo Completo 1,979 palabras
« Florian Zeller provoca una situación de esquizofrenia total que genera réplicas y frases absolutamente surrealistas, y es ahí donde este autor extraordinario entronca con la tradición del gran teatro francés: Marivaux, Labiche... Lo novedoso y moderno es el lenguaje conciso, preciso, de frases cortas... Zeller hace que en cada escena el espectador piense que está al corriente de la situación, y en la escena siguiente empiece a dudar. Es como un juego de muñecas rusas, que va destapando una mentira y descubre que dentro hay otra». Son palabras de Josep Maria Flotats de hace catorce años, en la víspera del estreno en Madrid de ' La verdad ', una comedia del propio Zeller. El dramaturgo francés, nacido en París en 1979, tenía entonces 33 años, y había llamado la atención con obras como o 'La mère' (La madre). Hoy el dramaturgo ha llenado su mochila con títulos como la mencionada ' La verdad ' (actualmente en cartel en España), 'La mentira', 'El padre' o 'El hijo'; ha saltado al cine, dirigiendo las adaptaciones de estas dos últimas, y actualmente rueda otro filme con Penélope Cruz y Javier Bardem como protagonistas. Además, desde noviembre del pasado año, es 'inmortal', como se conoce a los miembros de la Academia francesa. Y por si fuera poco, De Conatus lo edita por primera vez en España; bajo el título de ' Teatro ', publica sus obras 'El padre', 'La madre' y 'El hijo'.A Florian Zeller no le gusta que le hagan fotos, quizás porque comparta esa superstición de varias culturas que creían que la fotografía robaba el alma de las personas, y tal vez por eso aparezca en sus retratos 'oficiales' con una expresión a medio camino entre la furia y la resignación… Sin embargo, cuando mira a su interlocutor la expresión se relaja –no así su cabello alborotado– y se vuelve amable. «' Búnker ' la estamos rodando entre España y Gran Bretaña –dice cuando se le pregunta por la película–, pero llevamos cinco meses en Madrid».–¿Hay historias más adecuadas para contar en novela, en el cine, en el teatro…? ¿O es una decisión del autor el género en que las quiere contar?–Sí, hay historias que se prestan más a una forma que a otra, pero lo que cuenta es el territorio que el autor tenga ganas de explorar. La experiencia entre el teatro y el cine, por ejemplo, es muy diferente, pero tienen cosas en común; lo principal es el deseo de contar historias, y también de compartir emociones. Cuando uno va al teatro o al cine y asiste al juego de los actores, siempre quiere, en el fondo, comprenderse a sí mismo.«Lo que amo profundamente del teatro es su condición de espejo; puede ser un espejo de pequeñas cosas cotidianas que nos permita reconocernos o un espejo deformante, como es el caso de la comedia»–Josep María Flotats decía que usted parte de hechos aparentemente insignificantes para crear conflictos mucho más grandes.–Lo que amo profundamente del teatro es su condición de espejo; puede ser un espejo de pequeñas cosas cotidianas que nos permita reconocernos o un espejo deformante, como es el caso de la comedia. Eso existe en el teatro desde siempre; ese deseo muy antiguo, muy ancestral y muy puro desde mi punto de vista, que consiste en ir a reírse de los otros o reírse con los otros para interrogarnos sobre quiénes somos. Cuando escribo una obra de teatro pretendo algo más que contar una historia y me gustaría plantar en escena ese espejo.–¿Pero el autor quiere que el espectador vea una imagen suya determinada o simplemente pone el espejo en escena?–El teatro es un lugar de preguntas y de cuestionamiento, no de respuestas. Por eso son los espectadores quienes deben aportar las respuestas en función de quién es cada uno; de su historia emocional, familiar, personal y política. No me gusta el teatro que pretende aportar respuestas o demostrar cosas, prefiero los textos que invitan a una reflexión muy abierta, no forzosamente intelectual sino también emocional, y que otorga a los espectadores un rol activo en la composición misma de la obra. Por eso hay tantos espectáculos como espectadores; estos llegan con su historia, incluso alguna noche con su talento… Nosotros sentimos al público que tiene talento y al que tiene menos, eso circula por la sala. El teatro es una de las pocas formas artísticas donde asistimos a la recepción del propio trabajo, y eso impide mentirse a uno mismo; es muy interesante saber que los espectadores se apropian del espectáculo y condicionan su propio desarrollo.–¿Y es el único lugar que no ha de tener miedo a la inteligencia artificial?–Para la escritura, no lo sé. Pero la experiencia teatral es profundamente viva, es carne. Buscamos en el teatro una suerte de confrontación con la verdad del instante y todo eso pasa por los cuerpos de los actores y de los espectadores. El teatro es una forma de arte que existía en la Antigüedad y yo apuesto a que resistirá mejor que otras la llegada de la inteligencia artificial.«Cuando lo atravesamos tenemos la sensación de estar solos en esta vivencia, y esa soledad amplifica la dureza de la prueba. Pero en el teatro… Nos damos cuenta de que de una u otra manera todos sentimos lo mismo, y creo que eso alivia de algún modo nuestro dolor»–¿El teatro es el refugio de la verdad aunque sea una gran mentira?–Sí, es una gran mentira... pero ahí radica también parte de su atractivo. Cuando entramos en una sala teatral sabemos que el drama que vive la persona que está en el escenario no es real. Y esa es la belleza del teatro; le pedimos a nuestro cerebro que crea algo que sabemos que no existe y que colabore con la ilusión. Y a pesar de saber que todo es falso, lloramos si la obra nos conmueve, y es llanto real.–¿Qué es lo que le movió a usted a empezar a escribir teatro?–El amor por los actores. Creo que al principio era únicamente por eso, y me gusta la idea de que sea un arte polifónico.–El teatro nace para ser representado; las dificultades económicas obligan a menudo a hacer obras cada vez con menos personajes.–El teatro es un arte limitado y lo ha sido siempre, pero hay cierta forma de libertad que nace de la limitación. Por mi experiencia, con los obstáculos uno encuentra más fácilmente el camino hacia la fertilidad; las dificultades nos hacen crecer. Y no solo eso: la libertad nace de la restricción, el arte muere de algún modo cuando no tiene limitación alguna.–¿Qué nos aporta el teatro, esta relación humana de la que habla, en estos tiempos de sobreinformación?–Son tiempos de sobreinformación, pero también de aislamiento. Cuando nos sentamos en una sala de teatro, somos un extraño entre una multitud de extraños, pero después de haber compartido una misma experiencia pertenecemos a un grupo vivo. Y es una experiencia fundamental recordar que pertenecemos a una comunidad, a algo más amplio que el individuo.–¿De dónde nacen sus obras? ¿De la observación, de la experiencia?–Cada una tiene un origen diferente. A menudo he escrito una obra y he tenido la sensación de haberla entendido solo en el momento de terminarla. Muy rara vez he tenido una intención clara al ponerme a escribir; me pongo en un estado en el que no sé lo que viene, todo puede ocurrir. Es como si yo fuera espectador de una función que se representa para mí. En el texto suceden cosas que me sorprenden enormemente y he de seguir escribiendo para saber lo que va a ocurrir.«Hay mucha elipsis y mucha repetición en mi teatro, y eso pone al espectador en una posición inédita, le obliga a participar en la narración para encontrar el sentido»–La familia, en sus vertientes más distintas, es la base de todo su teatro.–Me interesa tocar temas que son simples pero universales; me gustaría lograr que el espectador tuviera la impresión de que es su propia historia. Por ejemplo, 'El padre', que aborda el alzhéimer; todos tenemos un padre y tenemos miedo a que pueda llegar un día en que pierda su conexión con la realidad, y creo que hay una suerte de consuelo cuando vemos sobre el escenario un problema que padecemos. Cuando lo atravesamos tenemos la sensación de estar solos en esta vivencia, y esa soledad amplifica la dureza de la prueba. Pero en el teatro… Nos damos cuenta de que de una u otra manera todos sentimos lo mismo, y creo que eso alivia de algún modo nuestro dolor.–¿Es la emoción del espectador el mayor logro que busca un autor, o le interesa más que piense, que se ría, que llore?–Todo está ligado, y hay piezas que pueden conseguirlo todo. La verdad, por ejemplo, fue mi primera comedia, aunque había escrito ya varios textos. Y me encantó hacer reír a toda una sala. En el fondo, creo que no hay nada más profundo que reír en un teatro.–¿Profundo en qué sentido?–Simplemente que pide estar en armonía con el público.Joaquín Reyes y Alicia Rubio, en 'La verdad'; Josep Maria Pou, en 'El padre'; y Aitana Sánchez-Gijón, en 'La madre' marcosGpunto / David Ruano / Bárbara Sánchez Palomero–¿La comedia está infravalorada?–No creo. No. ¿Cuáles son, en realidad, los criterios en el teatro? Que el público siempre tiene razón. El público y el tiempo. Reír, saber hacer reír, querer hacer reír… es algo muy profundo, para mí es lo mismo escribir una comedia que una tragedia. La risa también es una emoción.–Aitana Sánchez-Gijón, que protagonizó La madre en España, le definió como un autor cubista.–Le doy mucha importancia a la forma, a la arquitectura. Hay mucha elipsis y mucha repetición en mi teatro, y eso pone al espectador en una posición inédita, le obliga a participar en la narración para encontrar el sentido. Como en el cubismo, sí… Incluso en una comedia como 'La verdad'. En general, en una comedia el público sabe más cosas que los personajes, está por delante de ellos. Y en esta obra quería invertir la ecuación.–¿Es usted de los autores que corrige los textos y los cambia aunque se hayan estrenado?–Nunca lo he hecho. Sé que hay autores que trabajan con los directores y los actores y reescriben las obras con ellos. Yo tengo una obsesión casi enfermiza con mis textos, y cuando se los entrego al director ya he representado la obra en mi imaginación al menos seiscientas veces.

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«Florian Zeller provoca una situación de esquizofrenia total que genera réplicas y frases absolutamente surrealistas, y es ahí donde este autor extraordinario entronca con la tradición del gran teatro francés: Marivaux, Labiche... Lo novedoso y moderno es el lenguaje conciso, preciso, de frases ... cortas... Zeller hace que en cada escena el espectador piense que está al corriente de la situación, y en la escena siguiente empiece a dudar. Es como un juego de muñecas rusas, que va destapando una mentira y descubre que dentro hay otra». Son palabras de Josep Maria Flotats de hace catorce años, en la víspera del estreno en Madrid de 'La verdad', una comedia del propio Zeller. El dramaturgo francés, nacido en París en 1979, tenía entonces 33 años, y había llamado la atención con obras como o 'La mère' (La madre). Hoy el dramaturgo ha llenado su mochila con títulos como la mencionada 'La verdad' (actualmente en cartel en España), 'La mentira', 'El padre' o 'El hijo'; ha saltado al cine, dirigiendo las adaptaciones de estas dos últimas, y actualmente rueda otro filme con Penélope Cruz y Javier Bardem como protagonistas. Además, desde noviembre del pasado año, es 'inmortal', como se conoce a los miembros de la Academia francesa. Y por si fuera poco, De Conatus lo edita por primera vez en España; bajo el título de 'Teatro', publica sus obras 'El padre', 'La madre' y 'El hijo'.

A Florian Zeller no le gusta que le hagan fotos, quizás porque comparta esa superstición de varias culturas que creían que la fotografía robaba el alma de las personas, y tal vez por eso aparezca en sus retratos 'oficiales' con una expresión a medio camino entre la furia y la resignación… Sin embargo, cuando mira a su interlocutor la expresión se relaja –no así su cabello alborotado– y se vuelve amable. «'Búnker' la estamos rodando entre España y Gran Bretaña –dice cuando se le pregunta por la película–, pero llevamos cinco meses en Madrid».

–¿Hay historias más adecuadas para contar en novela, en el cine, en el teatro…? ¿O es una decisión del autor el género en que las quiere contar?

–Sí, hay historias que se prestan más a una forma que a otra, pero lo que cuenta es el territorio que el autor tenga ganas de explorar. La experiencia entre el teatro y el cine, por ejemplo, es muy diferente, pero tienen cosas en común; lo principal es el deseo de contar historias, y también de compartir emociones. Cuando uno va al teatro o al cine y asiste al juego de los actores, siempre quiere, en el fondo, comprenderse a sí mismo.

«Lo que amo profundamente del teatro es su condición de espejo; puede ser un espejo de pequeñas cosas cotidianas que nos permita reconocernos o un espejo deformante, como es el caso de la comedia»

–Josep María Flotats decía que usted parte de hechos aparentemente insignificantes para crear conflictos mucho más grandes.

–Lo que amo profundamente del teatro es su condición de espejo; puede ser un espejo de pequeñas cosas cotidianas que nos permita reconocernos o un espejo deformante, como es el caso de la comedia. Eso existe en el teatro desde siempre; ese deseo muy antiguo, muy ancestral y muy puro desde mi punto de vista, que consiste en ir a reírse de los otros o reírse con los otros para interrogarnos sobre quiénes somos. Cuando escribo una obra de teatro pretendo algo más que contar una historia y me gustaría plantar en escena ese espejo.

–¿Pero el autor quiere que el espectador vea una imagen suya determinada o simplemente pone el espejo en escena?

–El teatro es un lugar de preguntas y de cuestionamiento, no de respuestas. Por eso son los espectadores quienes deben aportar las respuestas en función de quién es cada uno; de su historia emocional, familiar, personal y política. No me gusta el teatro que pretende aportar respuestas o demostrar cosas, prefiero los textos que invitan a una reflexión muy abierta, no forzosamente intelectual sino también emocional, y que otorga a los espectadores un rol activo en la composición misma de la obra. Por eso hay tantos espectáculos como espectadores; estos llegan con su historia, incluso alguna noche con su talento… Nosotros sentimos al público que tiene talento y al que tiene menos, eso circula por la sala. El teatro es una de las pocas formas artísticas donde asistimos a la recepción del propio trabajo, y eso impide mentirse a uno mismo; es muy interesante saber que los espectadores se apropian del espectáculo y condicionan su propio desarrollo.

–¿Y es el único lugar que no ha de tener miedo a la inteligencia artificial?

–Para la escritura, no lo sé. Pero la experiencia teatral es profundamente viva, es carne. Buscamos en el teatro una suerte de confrontación con la verdad del instante y todo eso pasa por los cuerpos de los actores y de los espectadores. El teatro es una forma de arte que existía en la Antigüedad y yo apuesto a que resistirá mejor que otras la llegada de la inteligencia artificial.

«Cuando lo atravesamos tenemos la sensación de estar solos en esta vivencia, y esa soledad amplifica la dureza de la prueba. Pero en el teatro… Nos damos cuenta de que de una u otra manera todos sentimos lo mismo, y creo que eso alivia de algún modo nuestro dolor»

–¿El teatro es el refugio de la verdad aunque sea una gran mentira?

–Sí, es una gran mentira... pero ahí radica también parte de su atractivo. Cuando entramos en una sala teatral sabemos que el drama que vive la persona que está en el escenario no es real. Y esa es la belleza del teatro; le pedimos a nuestro cerebro que crea algo que sabemos que no existe y que colabore con la ilusión. Y a pesar de saber que todo es falso, lloramos si la obra nos conmueve, y es llanto real.

–¿Qué es lo que le movió a usted a empezar a escribir teatro?

–El amor por los actores. Creo que al principio era únicamente por eso, y me gusta la idea de que sea un arte polifónico.

–El teatro nace para ser representado; las dificultades económicas obligan a menudo a hacer obras cada vez con menos personajes.

–El teatro es un arte limitado y lo ha sido siempre, pero hay cierta forma de libertad que nace de la limitación. Por mi experiencia, con los obstáculos uno encuentra más fácilmente el camino hacia la fertilidad; las dificultades nos hacen crecer. Y no solo eso: la libertad nace de la restricción, el arte muere de algún modo cuando no tiene limitación alguna.

–¿Qué nos aporta el teatro, esta relación humana de la que habla, en estos tiempos de sobreinformación?

–Son tiempos de sobreinformación, pero también de aislamiento. Cuando nos sentamos en una sala de teatro, somos un extraño entre una multitud de extraños, pero después de haber compartido una misma experiencia pertenecemos a un grupo vivo. Y es una experiencia fundamental recordar que pertenecemos a una comunidad, a algo más amplio que el individuo.

–¿De dónde nacen sus obras? ¿De la observación, de la experiencia?

–Cada una tiene un origen diferente. A menudo he escrito una obra y he tenido la sensación de haberla entendido solo en el momento de terminarla. Muy rara vez he tenido una intención clara al ponerme a escribir; me pongo en un estado en el que no sé lo que viene, todo puede ocurrir. Es como si yo fuera espectador de una función que se representa para mí. En el texto suceden cosas que me sorprenden enormemente y he de seguir escribiendo para saber lo que va a ocurrir.

«Hay mucha elipsis y mucha repetición en mi teatro, y eso pone al espectador en una posición inédita, le obliga a participar en la narración para encontrar el sentido»

–La familia, en sus vertientes más distintas, es la base de todo su teatro.

–Me interesa tocar temas que son simples pero universales; me gustaría lograr que el espectador tuviera la impresión de que es su propia historia. Por ejemplo, 'El padre', que aborda el alzhéimer; todos tenemos un padre y tenemos miedo a que pueda llegar un día en que pierda su conexión con la realidad, y creo que hay una suerte de consuelo cuando vemos sobre el escenario un problema que padecemos. Cuando lo atravesamos tenemos la sensación de estar solos en esta vivencia, y esa soledad amplifica la dureza de la prueba. Pero en el teatro… Nos damos cuenta de que de una u otra manera todos sentimos lo mismo, y creo que eso alivia de algún modo nuestro dolor.

–¿Es la emoción del espectador el mayor logro que busca un autor, o le interesa más que piense, que se ría, que llore?

–Todo está ligado, y hay piezas que pueden conseguirlo todo. La verdad, por ejemplo, fue mi primera comedia, aunque había escrito ya varios textos. Y me encantó hacer reír a toda una sala. En el fondo, creo que no hay nada más profundo que reír en un teatro.

–Simplemente que pide estar en armonía con el público.

–No creo. No. ¿Cuáles son, en realidad, los criterios en el teatro? Que el público siempre tiene razón. El público y el tiempo. Reír, saber hacer reír, querer hacer reír… es algo muy profundo, para mí es lo mismo escribir una comedia que una tragedia. La risa también es una emoción.

–Aitana Sánchez-Gijón, que protagonizó La madre en España, le definió como un autor cubista.

–Le doy mucha importancia a la forma, a la arquitectura. Hay mucha elipsis y mucha repetición en mi teatro, y eso pone al espectador en una posición inédita, le obliga a participar en la narración para encontrar el sentido. Como en el cubismo, sí… Incluso en una comedia como 'La verdad'. En general, en una comedia el público sabe más cosas que los personajes, está por delante de ellos. Y en esta obra quería invertir la ecuación.

–¿Es usted de los autores que corrige los textos y los cambia aunque se hayan estrenado?

–Nunca lo he hecho. Sé que hay autores que trabajan con los directores y los actores y reescriben las obras con ellos. Yo tengo una obsesión casi enfermiza con mis textos, y cuando se los entrego al director ya he representado la obra en mi imaginación al menos seiscientas veces.

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Madrileño. Ingresó en la Redacción de ABC en 1985. Ha pasado por distintas secciones, pero siempre se ha dedicado a la información de música y artes escénicas. Es crítico teatral y de Danza

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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