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Forte dei Marmi: el lujo que no se compra, se hereda

Forte dei Marmi: el lujo que no se compra, se hereda
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En Forte dei Marmi el lujo se hereda, de padres a hijos, como el ‘bagno’ de playa. El legendario hotel Hermitage, en una de las villas de veraneo más icónicas de la alta sociedad italiana, reabre de la mano de Starhotels, rejuveneciendo una casa cuyo mayor activo es que nada cambie. Leer
Forte dei Marmi: el lujo que no se compra, se hereda
  • ARANTXA NEYRA
Actualizado 23 SEP. 2026 - 08:20Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

En Forte dei Marmi el lujo se hereda, de padres a hijos, como el ‘bagno’ de playa. El legendario hotel Hermitage, en una de las villas de veraneo más icónicas de la alta sociedad italiana, reabre de la mano de Starhotels, rejuveneciendo una casa cuyo mayor activo es que nada cambie.

En Forte dei Marmi se alquila la playa por temporadas. No una sombrilla suelta: el puesto entero, de cuatro a ocho plazas, con tumbona y toallas y un armarito con llave para no romperte el cuello comprobando desde el agua si tu móvil sigue ahí.

Un buen bagno puede irse a los 10.000 euros para cuatro personas. Se renta el verano completo , con derecho casi vitalicio y traspaso de padres a hijos, ganando cada año posiciones en la pole de la orilla. Por eso, cuando un hotel del pueblo presume de club de playa propio, no es un valor añadido que casi ninguno valore. SSiete de cada diez huéspedes ya tienen el suyo. Llevan décadas ganando antigüedad en él, y ahí de ahí no les mueves.

El cenador del restaurante, donde se sirve comida mediterránea hecha con ingredientes de la huerta.Hermitage

Ese desdén educado retrata el sitio mejor que cualquier otra cosa. En Forte dei Marmi no hay taxis, hay bicicletas, y el uniforme del veraneante es la camisa de lino sobre la piel quemada y unas sandalias de cuero que hace a medida el zapatero del pueblo. Capri está para exhibirse y Porto Cervo para el famoso ver y ser visto. Forte es el primo discreto que vuelve al mismo sitio un año tras otro y no necesita contárselo a nadie.

Nieve eterna

Esa discreción también viene de lejos. Mirando hacia el monte desde la arena, los Alpes Apuanos parecen nevados los doce meses del año, aunque lo que blanquea la cima es mármol: el mismo que Miguel Ángel elegía personalmente para sus estatuas y que su colaborador Donato Benti sacó al mar por el camino que todavía vertebra el pueblo. De aquel puerto de piedra vienen el nombre —Forte dei Marmi, el fuerte de los mármoles— y la fortaleza que el gran duque Pietro Leopoldo mandó levantar en 1788 para custodiar el depósito antes de embarcarlo.

La terraza de una de ls suites del hotel, desde la que se ve la nieve eterna de los Apeninos.Hermitage.

El balneario llegó más tarde; el primer establecimiento de baños, el Onda Marina, abrió en 1904. En 1929, Achille Franceschi convirtió su caseta de aperos en La Capannina, cuatro mesas de cartas y un gramófono de manivela, y allí acabaron recalando los poetas Ungaretti y Montale. Por las villas de la pineda ya habían pasado D'Annunzio, Thomas Mann, Moravia y Malaparte. Los Agnelli veraneaban en Villa Costanza, hoy convertida en hotel. Y en una casa del centro nació Paola Ruffo di Calabria, futura reina de los belgas. El jet set de los sesenta hizo el resto, y el cine remató la leyenda en 1983 con Sapore di mare.

De ‘famiglia’ en ‘famiglia’

Sobre ese sustrato se entiende la jugada de Starhotels —con hoteles en Italia, Francia y Estados Unidos— cuando se hizo con el Hermitage, un hotel de cuatro estrellas que era ya una institución. El grupo de Elisabetta Fabri ha adquirido propiedad y gestión, y lo ha estrenado como su primer resort y su primera casa de mar. La operación tiene cierta poesía, la de una empresa familiar —los Fabri— comprándole en 2025 a otra empresa familiar —los Maschietto—, que lo levantaron en los años setenta.

En lugar de arrasar, Fabri apostó por una soft renovation, es decir rejuvenecimiento resultón, de esos que ilumina pero que deja ver los rasgos originales, sin cegarse con el brillo efímero de la juventud. Lo tuvieron listo a finales de mayo para no dejar sin verano a los de siempre; esos que se habrían sentido incómodos si su hogar de toda la vida amanecía convertido en otra cosa. Han reforzado la cocina con un huerto propio dentro del parque que surte al restaurante, el Orto all'Hermitage, plantado entre limoneros. Para alivio de todo, el conserje, Gennaro, sigue allí. Lleva décadas detrás del mostrador y se sabe todos los nombres de memoria. Tiene mérito y no: el 70% de los clientes de aquí repite.

La terraza de una de ls suites del hotel, desde la que se ve la nieve eterna de los Apeninos.Hermitage.

Con pátina de los 70

El Hermitage ocupa una hectárea de parque entre pinos en Via Cesare Battisti, a 10 minutos del centro y a uno de la playa. Es el edificio más alto de la zona, de modo que, como le gusta decir a su personal, aquí no hay mala habitación: a un lado los Apuanos, al otro el parque y los tejados de las villas buenas. Un toldo de rayas naranjas y blancas protege del sol, pero también sostiene ese aire setentero de cuando se levantó. Dentro, cincuenta y nueve habitaciones, casi todas con balcón, mucho ratán, azul ultramar, y llaves físicas.

Una de las habitaciones del Hermitage, con balcón, ratán y mucha artesanía.Hermitage.

Queda el asunto de la playa, que es donde el hotel demuestra que ha entendido el pueblo a la perfección. En vez de imponer su club, firma un convenio con el Bagno Vittoria y deja que quien tenga el suyo —pongamos el Alpemare, el de Bocelli— siga yendo a él.

Para los indecisos, el hotel ha creado su propia playa, una con arena y las típicas cabanas, para no tener que echar de menos nada. Elisabetta se hizo con los muebles de los cincuenta de la mítica La Capannina. Los cojines los ha pintado a mano una artista local con los nombres de todos los bagni de la costa.

La piscina del hotel, inspirada en los tradicionales bagnos de Forti, mucho más que un trozo de playa.Hermitage

Fabri asegura haber comprado la casa más bonita de Forte. Su reto era que los de siempre entraran por la puerta sin notar que ha cambiado de manos. Para ello han tenido en cuenta todos los detalles: hasta el refresco del minibar tiene memoria: una botella de Cedrata Tassoni, ese amarillo de cedro que vuelve cada verano.

Este ha sido el primer verano de segunda era. Nadie ha notado el corte. En septiembre el hotel cierra por temporada. Volverá a abrir en primavera para acoger a los de siempre, que continuarán eligiendo a su propio bagno.

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Fuente original: Leer en Expansión
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