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Aviso a navegantes, voy con un galimatías:
–Vamos en corto al cien por cien, modas, perdedores seculares, de cinco a diez posiciones cortas, con algún satélite pequeño y superposición sectorial.
–Con esa concentración una sola posición podría liquidarte.
–El mercado es muy ... volátil como para hacer una gran apuesta a la baja. Es una locura.
–Empezar en corto es como rendirse antes de empezar.
–Buscan diferenciarse, pero solo ven un mercado en alza. Nosotros vemos un entorno con un gran potencial. Las 'family offices' para las que invierten, los clientes que representan, exigen una rentabilidad no correlacionada: alto riesgo, alta recompensa.
¿Se han enterado de algo? Yo tampoco. Es un diálogo de 'Industry', una serie de HBO Max, shakesperiana, exigente de forma premeditada, sobre las cloacas del mundo financiero. Por su lenguaje económico,resulta pretenciosa, es excluyente, también frenética, como el valor de las acciones de una empresa que ha salido a bolsa; cambiante, como su consideración en el mercado. Pero esa opacidad es solo coraza, una que se derrite en la escena siguiente con un mordisco en los labios, una mirada lasciva, sexo explícito, incluso demasiado. Cuesta entender su jerga, pero el leitmotiv no es lo que se ve, se oye, de primeras, sino lo que subyace.
Es una serie hostil porque no complace la vaguedad mental de una sociedad que no solo no entiende, sino que no pone interés en hacerlo. Que navega, casi varada, en la superficie del algoritmo, que ve cosas como quien escucha ruido blanco.
Si los idiotas no encuentran la montaña, la montaña va hasta los idiotas. Netflix, el más listo de la clase, ha encontrado la fórmula del éxito en dar ya masticado el producto al paladar sobreestimulado de la gente. En la serie estrella de esta plataforma, 'Stranger Things', hasta el más tonto de los niños parece listo, porque conjetura, especula, con cuadernos o pizarras cosas sin sentido, pero con gran carga. Cada concepto se repite, se sobrexplica, se reviste de intelectualidad a pesar de su vacuidad. Sabe la serie y sabemos todos que nadie hace caso a los conceptos difíciles, solo sirven para tensionar la trama, disfrazarla de prestigio, engordar el cojín del metraje y dar entidad a algo que, en realidad, no la tiene. Luego, fuegos artificiales, y el espectador se olvida de todas las hipótesis que cubrieron el cupo durante la mayor parte de los capítulos. La ficción es ficción precisamente porque fabula con la realidad, no necesitamos que se nos explique todo y menos, que se nos explique mal. La gran baza de ser inteligente es la facilidad con la que se pueden hacer pasar por tontos. Lo contrario es mucho más difícil.
La producción de Netflix es el último canto de cisne de las tramas que se volvían ritual, como 'Juego de tronos'
En tiempos en los que la atención dura lo que un suspiro, plataformas como esta han optado por simplificar sus argumentos, reincidir en los giros de guión, remarcarlos. La sorpresa es puro efectismo, nunca obedece a las órdenes de la lógica de la trama. Conscientes de que en casa la televisión no se ve sino que se consume, y que no se consume sola sino de forma simultánea con otras tareas que suelen pasar por sujetar, y ver de vez en cuando sin ver nada, la pantalla del móvil, la velocidad se puede duplicar, y las series y películas, entenderlas sin hacerles caso. El sentido está precisamente en el sinsentido de todo.
No sobrevaloran al espectador, simplemente se ajustan, se adaptan, a su distracción de fábrica
No es un prejuicio, es un hecho. Matt Damon, que ganó un Oscar a mejor guión por escribir 'El indomable Will Hunting' y estrenó recientemente 'El botín', también con Ben Affleck, reveló que Netflix les exige, por contrato, que las películas tengan diálogos que expliquen tres o cuatro veces lo que está pasando. Todo el mundo debe entender la trama, aunque se levante al baño, se vaya a echar un cigarro, a preparar la cena. Incluso si se duerme mientras la película o la serie sigue reproduciéndose. Contenido para todos, para muchos, pero un poco para nadie. El actor lamentó que la necesidad de mantener la atención de un espectador multipantalla ha devaluado el arte audiovisual, llevando inevitablemente a un cine más «básico» y «masticado». No sobrevaloran al espectador, simplemente se ajustan, se adaptan, a su distracción de fábrica. Idiotizan el contenido, porque cuentan con que el usuario, impersonalizado ya en el concepto mismo de esta palabra, está zombificado.
No pasa solo con Netflix, aunque quizás el adepto de 'Emily in Paris' siga pensando que en su última temporada verá la Torre Eiffel, o comerá pastelitos y croissants en una cafetería cuqui, solo por el título. El 'clickbait' también funciona en el 'streaming'. Pero estarían tan perdidos como los fans de 'Juego de tronos' que rechazan el 'spin off' de 'El caballero de los Siete Reinos', una quijotesca aventura de caballería y amistades improbables, porque no hay dragones.
Quizás, solo quizás, es hora de volver a encontrarnos. De ver lo que queremos, y verlo de verdad. De no ver por hablar, por presumir. De cuidar el cerebro y no mermarlo, exigirnos, un poco, aunque sea lo básico. Por volver a un diálogo muy ilustrativo de 'Industry': «La misoginia oscila entre lo paternalista y lo lascivo, joe, no sé… a veces me siento…», dice un personaje. Y la protagonista le responde: «¿Una tarta en el alféizar de la ventana? ¿Y hay tíos corriendo por ahí dándose en la cabeza con un martillo como los lobos de los dibujos animados?» Cambien el tono feminista y la palabra tíos por usuarios. Y, ya puestos, la tarta puede ser el pastel que siempre se usa como símil del 'streaming'. Lo explico solo por si acaso.
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Periodista cultural especializada en cine y series. Autora de libros sobre cine clásico en la Editorial Notorious. En ABC desde 2013.
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