- IÑAKI GARAY
La crisis desatada en Ceuta por el asalto a la frontera de decenas de miles de personas está abriendo los ojos de una sociedad que vivía frívolamente sentada sobre el idealismo y que es engañada a diario por políticos demagogos que ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos.
Son esos mismos que se ganan la vida haciendo creer que las fronteras son un invento del capitalismo para facilitar la exclusión y que, por tanto, hay que abrirlas de par en par en aras del humanismo. En esa nómina estaría gente como Enrique Santiago, Mertxe Aizpurua, Irene Montero o Ione Belarra, capaces de comparar a pelo a los que asaltaron El Tarajal con los turistas que visitan cada año España o con la mujeres y niños ucranianos que se refugiaron en este país mientras sus compañeros luchaban a miles de kilómetros para, precisamente, proteger nuestras fronteras.
Estos charlatanes profesionales bien podrían pertenecer a esa clase que en Francia se denomina los bobos (bourgeois-bohéme o burgueses-bohemios), pero que en España se han rebautizado como pijo-progres. Son los que se desplazan a barrios obreros buscando experiencias reales. Los mismos que atacan ferozmente a Mercadona pero luego se van a comprar a La Garbancita Ecológica, cuyos precios son muchos más inaccesibles para los vulnerables a los que dicen representar.
Y son también los mismos que exigen la regularización masiva de inmigrantes o el traslado a la Península de los aproximadamente 15.000 invasores que asaltaron la frontera inducidos desde el exterior y que permanecen todavía en Ceuta. Soy consciente de que es urgente aliviar la situación de Ceuta, pero trasladarlos a la Península es la garantía de que volverá a ocurrir.
Puede parecer que llamar invasores a todas esas personas vulnerables que son usadas por su régimen como carne de cañón es despiadado, pero llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para acabar con el chantaje y reconducir una política migratoria errática, desconocedora de la naturaleza humana, que va a multiplicar la xenofobia bastante más que los discursos de esa extrema derecha que suelen señalar como gran amenaza. Una política migratoria que está fomentando la división en la izquierda y en toda la sociedad.
Y este es un tema en el que es necesario estar unidos. Mentir diciendo que esos inmigrantes que han tomado las calles de Ceuta vienen de guerras, como dijo el otro día el presidente del Gobierno para intentar maquillar el fiasco de su gestión, es tomarnos el pelo. No es lo mismo venir de una guerra que ser un instrumento de guerra. Los 80.000 inmigrantes que entraron el 30 y 31 de julio formaban parte de la estrategia marroquí para recuperar Ceuta y Melilla. Son los peones de ese plan de batalla que consiste en bombardear con pobres un lugar hasta hacerlo inhabitable. Y lamentablemente es una munición que les sobra. Por eso precisamente no debemos admitirlo.
Para quienes hablan de emergencia humanitaria en Ceuta habría que decir que no se trata de un fenómeno nuevo sino artificialmente importado. Que es permanente solo unos kilómetros más allá y que ni Europa o España pueden prestarse a resolverlo por aluvión porque no están capacitadas para hacerlo. Por poner en contexto hay que recordar que África tiene 1.500 millones de habitantes, de los que aproximadamente un 35% viven en situación de pobreza extrema.
Eso son alrededor de 525 millones de personas, una cifra que supera con creces a los más que los 450 millones de habitantes que tiene la Unión Europea. Si vemos lo que 15.000 intrusos provocan en una ciudad de 80.000 habitantes podemos hacernos una idea de lo que 525 millones pueden provocar en Europa .
En la gestión de la crisis de Ceuta hay varios problemas que vienen de fábrica. El primero es creer que todo lo que se llama inmigración es una bendición. Todo lo que no sea una acogida equilibrada y selectiva acompañada de políticas de integración está abocada al fracaso. De ahí que las regularizaciones masivas no sean la solución. El segundo es que ni Europa ni España pueden subcontratar la defensa de sus fronteras, cuando quien dice colaborar contigo en esa función quiere al mismo tiempo extorsionarte.
Lo que está ocurriendo en Ceuta no es una crisis migratoria sino una crisis de las políticas migratorias de esa izquierda naif, a la que se ha sumado Sánchez, que ha obviado siempre los diagnósticos rigurosos. Esa izquierda en Europa está ya recogiendo cable. Lo que está ocurriendo en Ceuta va a tener sobre el buenismo y su tolerancia con la inmigración irregular el mismo impacto que tuvo la caída del Muro de Berlín sobre la utopía socialista.
Posiblemente en Ceuta hay en estos momentos alrededor de 15.000 personas en la calle. Si cada día se tramitan del orden de entre 25 y 30 expedientes de expulsión, la normalización de Ceuta puede llevar casi dos años.
Y eso contando que se pueda sellar la frontera y no sigan entrando inmigrantes, cosa que hoy no está garantizado. De hecho siguen entrando. Marruecos asume que el humanismo de los españoles y de su Gobierno es su debilidad y abusa de ello. Se equivoca porque tarde o temprano un Gobierno acaba siendo el reflejo de su pueblo y este baño de realidad nos está deshumanizando.
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