En toda tragedia se abren demasiados caminos: testimonios quebrados de las víctimas, familias rotas, los primeros en llegar y el inevitable morbo de algunos. Está también el camino periodístico, frágil e incierto, que en el mejor de los casos intenta contar sin recrearse en lo irreparable de la muerte. Pero hay otro sendero, más elemental, que es el de la tierra. En el choque de estos dos trenes, ese camino cambia según quién lo pise. No es igual para el periodista, que siempre llega tarde -y mejor así porque de poca ayuda al herido serviría la guardia del picateclas-, que para quienes acuden a socorrer. Como Julio Rodríguez, de 16 años, el primero en llegar al último vagón del Alvia -tras despeñarse dos de ellos por un talud de cuatro metros de altura- y que acabó siendo enlace improvisado entre viajeros y familiares.
A las tres de la madrugada del lunes, los coches seguían asomándose por el desvío a Aldamuz y se perdían enseguida en la negrura de unas curvas cerradas hasta la imprudencia. Con la noche caída de lleno, era imposible dar con un acceso claro desde la A421 hasta las vías. Los controles de la Guardia Civil bloqueaban incluso los atajos más astutos que muchos vecinos sugerían para llegar y contar el trabajo a contrareloj de los equipos de Emergencias.
Para saber másGráfico.Así fue el accidente: la secuencia de la tragedia
- Redacción: ELSA MARTÍN
- Redacción: EMILIO AMADE
- Redacción: ÁLVARO MATILLA
- Redacción: MARÍA ALCÁNTARA
Imágenes del accidente de dos trenes en Adamuz (Córdoba)
- Redacción: ELENA IRIBAS / AGENCIAS
Con las primeras luces del martes parecía más fácil encontrar rutas paralelas, a unos 500 metros de la vía, pero el cerco policial era más denso y asfixiante. La única opción para ver -y luego contar- era internarse en una naturaleza tan pura como hostil, cercada por fincas privadas e indiferentemente salvaje al humano. Dos kilómetros hacia el este, si había suerte, entre alcornoques y encinas, sobre un suelo embarrado y traicionero, con las voces cercanas de los guardias y el zumbido constante de un helicóptero vigilando. Un desafío llegar hasta esos monstruos inertes, mitad tren y mitad chatarra, donde los operarios trabajaban a la espera de maquinaria pesada. Un premio en la cima que la Guardia Civil se encarga de hacer brevísimo.
Lo que los periodistas logran ver desde la colina -erigida casi como un Olimpo del horror tras tanto peregrinaje- es la zona de las vías a la que muchos vecinos de Aldamuz habían llegado con sorprendente facilidad pasadas las ocho de la tarde del fatídico domingo.
Entre ellos estaban Elisabet y su jovencísimo hijo Julio. Fueron de los primeros en llegar tras regresar de un día de pesca, y así los encontraba ayer EL MUNDO en un Aldamuz ya transformado en campo de batalla, ya no por el choque de los trenes sino por el asedio de las jaurías más feroces -los periodistas- que acosaban y exprimían a esos mismos vecinos que habían pasado la noche entera luchando contra el cansancio para ayudar, todo por un corte de apenas unos segundos en televisión o cuatro frases mal robadas.
Elisabet, con su hijo Julio, en su domicilio.ELENA IRIBASA Elisabet le cuesta hablar de su hijo sin que se le note la sorpresa, no solo maternal, sino casi moral, como si aún no terminara de comprender lo ocurrido. Es más, cuando EL MUNDO le propone hacerle una entrevista por ser una de las primeras vecinas en llegar a las vías, ella propone a su hijo. Julio tiene 16 años y una entereza al hablar que descoloca tanto que obliga a mirarlo como si ya no fuera un niño. Cambiar la óptica es una obligación cuando uno se entera que él y su amigo fueron los primeros en llegar y entrar al último vagón del Alvia antes del terraplén. «Me tiene sorprendida, dice que se siente bien por haber ayudado a tanta gente y que eso hace que se olvide de todo lo que ha visto», dice.
Julio, su madre y un amigo habían pasado el día pescando. Volvían a casa cuando vieron dos coches de policía y una ambulancia. Decidieron seguirlos por curiosidad. Pensaron en un accidente de tráfico. No podían imaginar -nadie puede- que estaban a punto de encontrarse con una escena desbordante y que marcaría a un pueblo, a una región y a un país entero.
Llegaron hasta un puente y continuaron a pie. «Había muchísima policía, gente corriendo hacia dentro», recuerda Julio, «y nosotros fuimos detrás». Al llegar al siniestro encontraron personas desorientadas, gritos, confusión. En lo alto de un vagón, un policía alumbraba con una linterna. «Por el altavoz le comunicaron que necesitaban gente en un vagón que estaba a casi un kilómetro de distancia», cuenta, «mi amigo y yo fuimos corriendo, llegamos los primeros al último vagón que había en la vía antes del terraplén».
Habla sin épica, restándole importancia. Su madre, en cambio, lo observa con unos ojos de orgullo difíciles de describir, aunque también con cierto desconcierto de cómo afrontará, pasada la adrenalina, tanto horror. Dice que su hijo ahora «está en una nube» y quizá no se equivoque: en su cabeza conviven la satisfacción y el horror, dos emociones que no siempre saben coexistir. «Hemos visto cosas que no son bonitas de ver, pero para mí vale más que haya gente viva, que te lo agradezca», afirma Julio.
Elisabet, mientras, recuerda el miedo de estar cerca del otro tren, sin poder llegar al Alvia, sabiendo que Julio estaba dentro de esos vagones. «Bajaban llenos de sangre y dentro había gente muerta, despedazada... personas que murieron delante de él».
El adolescente Julio rescató gente entre cadávares, dejó su abrigo, sus zapatos, cargó heridos en volandas con su amigo y anotó teléfonos de familiares . «Cuando llegó la policía», recuerda, «en lugar de echarnos nos dieron las gracias». Se quedaron allí hasta el final.
Ayer Julio volvió al instituto. Sus compañeros y profeosres le preguntaron. Ninguno de ellos metió su cuerpo en el centro de una tragedia que aún no termina de entenderse.