La hamburguesa aún estaba caliente cuando Rafael Prados Godoy, el párroco de Adamuz y de otros municipios cercanos, se enteró de que algo grave había ocurrido. Eran casi las ocho y media de la tarde del domingo. Había terminado la jornada, no había misa esa noche y cenaba en casa, como casi siempre, a una hora temprana. «Fue el propio repartidor quien me advirtió de que había habido un accidente de tren», recuerda. Ahí empezó todo para él.
El accidente ferroviario vivido en los últimos soplos de la tarde del pasado domingo -varias decenas de muertos ya, cuando se desconoce la cifra oficial de desaparecidos, al cierre de esta edición- sigue conmocionando a los 6.400 habitantes de Adamuz y pueblos vecinos. Como a Godoy, al resto de vecinos la noticia se les fue colando como una interferencia nimia y que, ya a los pocos minutos, había hecho grieta en el corazón y motivaba las primeras reacciones sin dirección, desde lo más profundo. Lo simple se vuelve más denso y útil para ayudar: un quad para traspasar los caminos y traer heridos, abrir intempestivamente la tienda, las mantas de lana olvidadas, la despensa particular más rebosante... Casi todos recuerdan en la localidad cordobesa cómo se les rompió todo este domingo y se abrió paso entre ellos una solidaridad y camaradería que conmovía ayer a toda España.
El padre Godoy encendió el Canal 24 Horas nada más recibir la noticia. Apenas unos segundos de información: un tren descarrilado, tráfico interrumpido entre Madrid y Andalucía. Pocos minutos después, el teléfono empezó a sonar. Adamuz, un pueblo acostumbrado a la tranquilidad propia de su tierra, se puso en marcha de forma instintiva.
Don Rafael activó una videollamada con el grupo de Cáritas. La conclusión fue clara: abrir el almacén y sacar todo lo que pudiera comerse de inmediato. En menos de una hora estaban listos. Estufas encendidas, leche caliente y mantas preparadas en un pequeño refugio improvisado en un edificio que pertenece a la coral de la parroquia. Aún no había llegado ningún pasajero, pero el pueblo ya les estaba esperando.
Para saber másGráfico.Así fue el accidente: la secuencia de la tragedia
- Redacción: ELSA MARTÍN
- Redacción: EMILIO AMADE
- Redacción: ÁLVARO MATILLA
- Redacción: MARÍA ALCÁNTARA
Imágenes del accidente de dos trenes en Adamuz (Córdoba)
- Redacción: ELENA IRIBAS / AGENCIAS
Los primeros en aparecer tras ser liberados del tren fueron los heridos, derivados a la caseta municipal, donde se concentraban los sanitarios y la Guardia Civil. Prondo empezaron a llegar aquellos que estaban bien físicamente, los que no necesitaban atención médica urgente. «Nosotros los acogíamos allí, les dábamos de comer, nos sentábamos con ellos y los escuchábamos», relataba ayer Godoy. «Escuchar fue, quizá, lo más importante».
Las escenas difíciles de asimilar se sucedían una tras otra, sin dejar margen al cansancio. Gente en shock, silencios largos, incertidumbre y estrés. «Había de todo», recuerda el padre: una pareja recién comprometida que volvía a casa tras un viaje, una niña pequeña que sin soltar su peluche no se atrevía a articular palabra, tres amigas de Toledo que esperaban con ansia la llegada de sus madres, quienes, al aparecer, las miraron como si hubieran vuelto a nacer. Una situación compleja que el pueblo asumió con la máxima entereza. «Todos se volcaron», subraya Godoy con justo orgullo, pero incluso en estos terribles escenarios destacan gestos humanos inmensos.
Uno de los epicentros espontáneos de esa solidaridad fue el bar de Antonio, un centro improvisado de atención a los familiares de las víctimas o incluso un punto de encuentro entre quienes aún buscan a sus desaparecidos. El establecimiento ha ofrecido sosiego a cientos de personas que cruzaban sus puertas. La barra ofrece sin descanso comida llevada por los propios vecinos, y Antonio no cobra ni un solo café: «Yo hago lo que puedo», dice de manera humilde, sin llegar a saber, quizá, de la grandeza de su gesto. Valga este recordatorio en las páginas del periódico. En esa labor lo han acompañado su mujer, sus dos hijos y su nuera. Todos queriendo aportar lo que estuviera en su mano. Como cada vecino.
El aire que se respiraba era una mezcla extraña entre tragedia y gratitud. Un pueblo que se ha implicado desde el primer momento, recuperando las mejores imágenes de la reacción al drama, de la dana al 11-M y tras batallas contra el terror. Un foco de fortaleza en un episodio de tremendo dolor que ya se ha inscrito con una lista negra de la Historia de España.
Hubo café y leche calientes, estufas, mantas, bocadillos y apoyo. Una localidad entera reaccionando en mitad del frío y la madrugada. «Desde los más mayores a los más pequeños», recuerda el sacerdote. El pueblo no ha dejado de moverse. Vecinos que traían mantas de casa, otros que se ofrecían para conducir, jóvenes que cargaban sillas cuando ya no había suficientes, mayores que preparaban café caliente. «La respuesta ha sido espectacular. Estoy muy orgulloso de todos», dice con un gesto de satisfacción el padre Godoy. Y quizá lo fue precisamente por eso. Porque no hubo que buscarlo. Simple y llanamente, ocurrió.