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Ofelia Grande: «Vender importa -somos una editorial que está en el mercado-, pero no a cualquier precio»

Ofelia Grande: «Vender importa -somos una editorial que está en el mercado-, pero no a cualquier precio»
Artículo Completo 1,772 palabras
Son las diez de la mañana de un lunes de invierno. Ofelia Grande abre la puerta de su despacho. Un escritorio cubierto de torres de libros preside la estancia. «Me gusta el orden», dice. La editora posa ante el fotógrafo y se prepara para una conversación sobre la empresa que lleva adelante. Ella es hoy una de las figuras centrales de la edición independiente en España. Desde hace más de veinticinco años dirige Ediciones Siruela , una editorial que ha crecido hasta facturar cerca de 2,5 millones de euros sin diluir su identidad literaria. «Vender importa —somos una editorial que está en el mercado—, pero no a cualquier precio», explica Ofelia Grande, la editora que descubrió e impulsó a autores como el recordado y aclamado Domingo Villar, la escritora Irene Vallejo o, más recientemente, el novelista David Uclés .Ofelia llegó a la dirección de Siruela en 2003. Durante sus más de dos décadas al frente del sello, ha consolidado un catálogo de clásicos —con autores como Italo Calvino , Clarice Lispector o Robert Walser— y, al mismo tiempo, ha desarrollado una línea consistente de narrativa contemporánea y ensayo. El resultado es una editorial que ejerce una notable capacidad de prescripción literaria e incluso anticipa acontecimientos editoriales importantes. Compite con los grandes. Y hasta los desbanca en ocasiones. Hoy, Siruela funciona con un equipo estable de alrededor de veinte personas. Publica entre sesenta y noventa títulos al año, una cifra que incluye novedades, reediciones y el mantenimiento de un fondo amplio y activo. Ese equilibrio entre producción y fondo ha sido una de las claves del proyecto. «El catálogo es lo que da sentido a todo», afirma. Todo importaProcedente de una familia estrechamente vinculada al mundo del libro, Ofelia Grande tuvo contacto temprano con la edición y con sus dinámicas profesionales. Su madre, María Isabel Andrés, sucedió al destacado editor Germán Sánchez Ruipérez —uno de los grandes defensores del fomento de la lectura en España— al frente del Grupo Anaya, después de que él decidiera dar un paso al lado en su carrera. De niña, sus tías, propietarias de la librería Cervantes de Salamanca, le regalaron una gran caja de cartón en su Primera Comunión para que la llenara con los libros que quisiera, una experiencia que Ofelia recuerda con una sonrisa. Incluso a sus 14 años, siendo apenas adolescente, ya se había paseado por la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante de toda Europa. —¿Hubo algo que marcara especialmente su sensibilidad literaria? —Muchísimas cosas. Fui muy lectora desde niña. Recuerdo especialmente una experiencia: mis tías, que tenían una librería en Salamanca, me regalaron una caja y me dijeron que la llenara con los libros que quisiera. Pasé una tarde entera eligiendo. Eso me marcó profundamente. Más tarde, ya adolescente, conocí a autores en cenas editoriales. Y trabajando, acompañar a Amin Maalouf fue decisivo. La relación con los autores es una de las partes más apasionantes de este oficio.—Estudió derecho, aunque su relación con el libro viene de familia. ¿Cómo ha influido eso en su manera de editar? —Siempre he tenido un afán muy grande por abrir perspectivas. Por no especializarme demasiado. Me interesa que cualquier lector pueda encontrar algo en nuestro catálogo: clásicos, narrativa contemporánea, ensayo, infantil, álbum ilustrado. No creo en géneros menores. En la novela policíaca hay grandes escritores. Dentro del catálogo conviven libros más literarios y otros más accesibles. Algunos pasan desapercibidos y eso se ve con el tiempo, pero todos se publican con el mismo cuidado. Un punto clave fue ordenar el catálogo: separar colecciones, dar a cada libro un contexto reconocible. El orden ayuda al lector. Y también al editor.  —¿Qué es un editor? —Un director de orquesta. No tiene que hacerlo todo, pero sí saber detectar el talento de los demás. Un buen editor de mesa, un buen traductor, un buen diseño, una buena distribución y una buena comunicación son tan importantes como la elección del manuscrito. Un buen libro necesita que toda la cadena funcione.  —¿Percibe un cambio profundo en la industria editorial? —Sí: el lector es hoy mucho más protagonista. Antes se confiaba casi todo a la crítica. Ahora hay una democratización de la prescripción, con cosas muy buenas y con riesgos evidentes.El caso SiruelaLa editorial fue fundada en Madrid en 1982 por Jacobo Siruela. Se consolidó por su cuidado diseño y su apuesta por literatura de calidad, pensamiento y clásicos universales y en 2000 pasó a integrarse en el Grupo Anaya. Tres años más tarde, Ofelia cogió las riendas. «Hemos intentado mantener una línea muy clara: no sacrificar nunca lo literario. Publicamos lo que nos gusta y lo que creemos que encaja en el catálogo. Si además eso se convierte en un éxito comercial, es el sueño de cualquier editor. Lo que no hacemos es publicar algo solo porque creemos que va a vender».Los mayores éxitos recientes de Siruela han llegado, en muchos casos, desde el ensayo. 'El infinito en un junco', de Irene Vallejo, se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales más relevantes de las últimas décadas, con traducciones a numerosos idiomas y una presencia sostenida en el tiempo. A ese título se suman 'Imperiofobia y leyenda negra', de Elvira Roca Barea, 'Biografía del silencio', de Pablo d'Ors. Para Grande, estos libros no responden a una fórmula, pero sí comparten un rasgo esencial: el modo en que se dirigen al lector. «Están muy bien escritos, con un contenido sólido, pero que se leen con facilidad. El autor no se coloca por encima del lector, dialoga con él», explica. Frente a una tradición ensayística más jerárquica, basada en la exhibición del conocimiento, estos textos optan por un tono cercano sin renunciar al rigor. «Irene Vallejo o Elvira Roca saben infinitamente más que tú del tema del que hablan, pero no te lo están demostrando en cada línea. Eso hace que el lector se sienta acompañado».Ofelia Grande, directora editorial de Siruela. MATÍAS NIETOOlfato editorialPara Grande, la función del editor no termina con la publicación del libro. «Un libro no vive solo por haber sido publicado», afirma. En Siruela se realiza un seguimiento prolongado de los títulos. Algunos nacen como apuestas claras desde el principio; otros empiezan a destacar con el tiempo. Hay señales que indican cuándo un libro comienza a funcionar. «Cuando gente ajena al mundo editorial empieza a hablarte de un libro, ahí es cuando hay que empujarlo», dice, citando una frase de Toni López de Lamadrid que resume bien esa lógica: «Cuando un libro saca la cabeza, es cuando hay que ayudarlo». Ese acompañamiento depende también del autor. No todos los escritores, incluso los muy buenos, generan el mismo grado de relación con los medios, con los libreros o con los lectores. Ese factor influye en la visibilidad y en el recorrido comercial de los libros. «Hay autores magníficos que no dan juego, y otros que conectan mucho con el público. Eso también cuenta», reconoce.Desde el punto de vista cuantitativo, la directora ofrece datos que ayudan a matizar la percepción externa del éxito editorial. Siruela publica alrededor de setenta novedades al año, pero solo una parte de ellas —quizá quince o veinte títulos— supera los dos mil ejemplares vendidos. El resto mantiene cifras más modestas. «Eso es lo que no se ve», señala. «Se ven los pelotazos, pero no los otros libros. Y, según qué casos, vender 1.500 ejemplares no está mal». En su análisis del sector, identifica un cambio central: «Antes se confiaba casi todo a la crítica. Ahora hay una democratización de la prescripción», afirma. Este nuevo escenario ofrece oportunidades, pero también riesgos, como la sobreproducción. Grande reconoce que el sector publica más de lo deseable y que reducir el número de títulos permitiría una mejor gestión de los recursos. «Lo más peligroso es decepcionar al lector», advierte.Lo extraordinarioEl recorrido de 'El infinito en un junco' ilustra, en su opinión, la imprevisibilidad del mercado editorial. El éxito no fue inmediato ni planificado. Durante la pandemia, cuando parecía que el libro había agotado su recorrido, las ventas se intensificaron. «Pensábamos que se había acabado. Y ocurrió lo contrario», recuerda. La implicación de libreros, autora y editorial fue decisiva. Para Grande, este caso confirma que los grandes éxitos no pueden fabricarse de antemano.En cuanto a la relación con América Latina, subraya las dificultades estructurales de distribución, que hacen necesarias las alianzas con grandes grupos editoriales. Estas colaboraciones, sostiene, no implican una pérdida de identidad. «Permiten llegar donde no llegaríamos solos». Tampoco percibe a los grandes grupos como una amenaza en sí mismos. «Dentro de ellos hay sellos magníficos», afirma. «Ser independiente no te hace automáticamente mejor, ni estar en un grupo te hace peor. Un buen libro lo es en cualquier editorial».Sobre el futuro del mercado, su posición es prudente. El sector editorial es cíclico y ha atravesado crisis severas en el pasado. «Lo extraordinario no puede ser la base de un proyecto», señala. La clave está en construir pensando en el año normal, sin euforias en los periodos de bonanza ni dramatismos excesivos cuando llegan tiempos difíciles. Es una lógica coherente con una trayectoria basada menos en gestos espectaculares que en la continuidad.

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Son las diez de la mañana de un lunes de invierno. Ofelia Grande abre la puerta de su despacho. Un escritorio cubierto de torres de libros preside la estancia. «Me gusta el orden», dice. La editora posa ante el fotógrafo y se prepara para ... una conversación sobre la empresa que lleva adelante. Ella es hoy una de las figuras centrales de la edición independiente en España. Desde hace más de veinticinco años dirige Ediciones Siruela, una editorial que ha crecido hasta facturar cerca de 2,5 millones de euros sin diluir su identidad literaria. «Vender importa —somos una editorial que está en el mercado—, pero no a cualquier precio», explica Ofelia Grande, la editora que descubrió e impulsó a autores como el recordado y aclamado Domingo Villar, la escritora Irene Vallejo o, más recientemente, el novelista David Uclés.

Ofelia llegó a la dirección de Siruela en 2003. Durante sus más de dos décadas al frente del sello, ha consolidado un catálogo de clásicos —con autores como Italo Calvino, Clarice Lispector o Robert Walser— y, al mismo tiempo, ha desarrollado una línea consistente de narrativa contemporánea y ensayo. El resultado es una editorial que ejerce una notable capacidad de prescripción literaria e incluso anticipa acontecimientos editoriales importantes. Compite con los grandes. Y hasta los desbanca en ocasiones. Hoy, Siruela funciona con un equipo estable de alrededor de veinte personas. Publica entre sesenta y noventa títulos al año, una cifra que incluye novedades, reediciones y el mantenimiento de un fondo amplio y activo. Ese equilibrio entre producción y fondo ha sido una de las claves del proyecto. «El catálogo es lo que da sentido a todo», afirma.

Procedente de una familia estrechamente vinculada al mundo del libro, Ofelia Grande tuvo contacto temprano con la edición y con sus dinámicas profesionales. Su madre, María Isabel Andrés, sucedió al destacado editor Germán Sánchez Ruipérez —uno de los grandes defensores del fomento de la lectura en España— al frente del Grupo Anaya, después de que él decidiera dar un paso al lado en su carrera. De niña, sus tías, propietarias de la librería Cervantes de Salamanca, le regalaron una gran caja de cartón en su Primera Comunión para que la llenara con los libros que quisiera, una experiencia que Ofelia recuerda con una sonrisa. Incluso a sus 14 años, siendo apenas adolescente, ya se había paseado por la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante de toda Europa.

—¿Hubo algo que marcara especialmente su sensibilidad literaria?

—Muchísimas cosas. Fui muy lectora desde niña. Recuerdo especialmente una experiencia: mis tías, que tenían una librería en Salamanca, me regalaron una caja y me dijeron que la llenara con los libros que quisiera. Pasé una tarde entera eligiendo. Eso me marcó profundamente. Más tarde, ya adolescente, conocí a autores en cenas editoriales. Y trabajando, acompañar a Amin Maalouf fue decisivo. La relación con los autores es una de las partes más apasionantes de este oficio.

—Estudió derecho, aunque su relación con el libro viene de familia. ¿Cómo ha influido eso en su manera de editar?

—Siempre he tenido un afán muy grande por abrir perspectivas. Por no especializarme demasiado. Me interesa que cualquier lector pueda encontrar algo en nuestro catálogo: clásicos, narrativa contemporánea, ensayo, infantil, álbum ilustrado. No creo en géneros menores. En la novela policíaca hay grandes escritores. Dentro del catálogo conviven libros más literarios y otros más accesibles. Algunos pasan desapercibidos y eso se ve con el tiempo, pero todos se publican con el mismo cuidado. Un punto clave fue ordenar el catálogo: separar colecciones, dar a cada libro un contexto reconocible. El orden ayuda al lector. Y también al editor.

—Un director de orquesta. No tiene que hacerlo todo, pero sí saber detectar el talento de los demás. Un buen editor de mesa, un buen traductor, un buen diseño, una buena distribución y una buena comunicación son tan importantes como la elección del manuscrito. Un buen libro necesita que toda la cadena funcione.

 —¿Percibe un cambio profundo en la industria editorial?

—Sí: el lector es hoy mucho más protagonista. Antes se confiaba casi todo a la crítica. Ahora hay una democratización de la prescripción, con cosas muy buenas y con riesgos evidentes.

La editorial fue fundada en Madrid en 1982 por Jacobo Siruela. Se consolidó por su cuidado diseño y su apuesta por literatura de calidad, pensamiento y clásicos universales y en 2000 pasó a integrarse en el Grupo Anaya. Tres años más tarde, Ofelia cogió las riendas. «Hemos intentado mantener una línea muy clara: no sacrificar nunca lo literario. Publicamos lo que nos gusta y lo que creemos que encaja en el catálogo. Si además eso se convierte en un éxito comercial, es el sueño de cualquier editor. Lo que no hacemos es publicar algo solo porque creemos que va a vender».

Los mayores éxitos recientes de Siruela han llegado, en muchos casos, desde el ensayo. 'El infinito en un junco', de Irene Vallejo, se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales más relevantes de las últimas décadas, con traducciones a numerosos idiomas y una presencia sostenida en el tiempo. A ese título se suman 'Imperiofobia y leyenda negra', de Elvira Roca Barea, 'Biografía del silencio', de Pablo d'Ors.

Para Grande, estos libros no responden a una fórmula, pero sí comparten un rasgo esencial: el modo en que se dirigen al lector. «Están muy bien escritos, con un contenido sólido, pero que se leen con facilidad. El autor no se coloca por encima del lector, dialoga con él», explica. Frente a una tradición ensayística más jerárquica, basada en la exhibición del conocimiento, estos textos optan por un tono cercano sin renunciar al rigor. «Irene Vallejo o Elvira Roca saben infinitamente más que tú del tema del que hablan, pero no te lo están demostrando en cada línea. Eso hace que el lector se sienta acompañado».

Para Grande, la función del editor no termina con la publicación del libro. «Un libro no vive solo por haber sido publicado», afirma. En Siruela se realiza un seguimiento prolongado de los títulos. Algunos nacen como apuestas claras desde el principio; otros empiezan a destacar con el tiempo. Hay señales que indican cuándo un libro comienza a funcionar. «Cuando gente ajena al mundo editorial empieza a hablarte de un libro, ahí es cuando hay que empujarlo», dice, citando una frase de Toni López de Lamadrid que resume bien esa lógica: «Cuando un libro saca la cabeza, es cuando hay que ayudarlo». Ese acompañamiento depende también del autor. No todos los escritores, incluso los muy buenos, generan el mismo grado de relación con los medios, con los libreros o con los lectores. Ese factor influye en la visibilidad y en el recorrido comercial de los libros. «Hay autores magníficos que no dan juego, y otros que conectan mucho con el público. Eso también cuenta», reconoce.

Desde el punto de vista cuantitativo, la directora ofrece datos que ayudan a matizar la percepción externa del éxito editorial. Siruela publica alrededor de setenta novedades al año, pero solo una parte de ellas —quizá quince o veinte títulos— supera los dos mil ejemplares vendidos. El resto mantiene cifras más modestas. «Eso es lo que no se ve», señala. «Se ven los pelotazos, pero no los otros libros. Y, según qué casos, vender 1.500 ejemplares no está mal». En su análisis del sector, identifica un cambio central: «Antes se confiaba casi todo a la crítica. Ahora hay una democratización de la prescripción», afirma. Este nuevo escenario ofrece oportunidades, pero también riesgos, como la sobreproducción. Grande reconoce que el sector publica más de lo deseable y que reducir el número de títulos permitiría una mejor gestión de los recursos. «Lo más peligroso es decepcionar al lector», advierte.

El recorrido de 'El infinito en un junco' ilustra, en su opinión, la imprevisibilidad del mercado editorial. El éxito no fue inmediato ni planificado. Durante la pandemia, cuando parecía que el libro había agotado su recorrido, las ventas se intensificaron. «Pensábamos que se había acabado. Y ocurrió lo contrario», recuerda. La implicación de libreros, autora y editorial fue decisiva. Para Grande, este caso confirma que los grandes éxitos no pueden fabricarse de antemano.

En cuanto a la relación con América Latina, subraya las dificultades estructurales de distribución, que hacen necesarias las alianzas con grandes grupos editoriales. Estas colaboraciones, sostiene, no implican una pérdida de identidad. «Permiten llegar donde no llegaríamos solos». Tampoco percibe a los grandes grupos como una amenaza en sí mismos. «Dentro de ellos hay sellos magníficos», afirma. «Ser independiente no te hace automáticamente mejor, ni estar en un grupo te hace peor. Un buen libro lo es en cualquier editorial».

Sobre el futuro del mercado, su posición es prudente. El sector editorial es cíclico y ha atravesado crisis severas en el pasado. «Lo extraordinario no puede ser la base de un proyecto», señala. La clave está en construir pensando en el año normal, sin euforias en los periodos de bonanza ni dramatismos excesivos cuando llegan tiempos difíciles. Es una lógica coherente con una trayectoria basada menos en gestos espectaculares que en la continuidad.

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Escritora y periodista. Cree en Flaubert y la resurrección futbolística de Guti. Es autora de los libros La hija de la española, El tercer país y Crónicas Barbitúricas.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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