- ALICIA GARCÍA HERRERO
La impactante operación militar que Estados Unidos acaba de llevar a cabo en Venezuela -bombardeando Caracas y expulsando por la fuerza al presidente Nicolás Maduro- marca algo más que otro capítulo en la política de poder americana. Este movimiento reconfigurará la geopolítica global de formas que apenas empezamos a comprender.
Aunque no hay dudas de que el régimen de Maduro debería llegar a su fin -Nicolás Maduro no ganó de forma legal las últimas elecciones nacionales de julio de 2024-, las acciones de Trump responden más a una lógica de afirmación de poder que a un intento genuino de restaurar la democracia en el país. China ha incrementado de manera sostenida su influencia en Venezuela desde la crisis financiera global de 2008, un episodio que empujó al régimen al borde del colapso tras el desplome de los precios del petróleo. A cambio de aproximadamente 60.000 millones de dólares en préstamos, el crudo venezolano ha abastecido China a precios reducidos, al tiempo que le ha otorgado acceso a metales preciosos y a un volumen creciente de materias primas críticas, abundantes en el país sudamericano. La operación impulsada por Trump envía un mensaje inequívoco: la Doctrina Monroe ha vuelto y Estados Unidos no tolerará la presencia de potencias externas con capacidad de control sobre América Latina, y especialmente en Venezuela, dadas sus vastas reservas petroleras y su posición estratégica en el Caribe. Trump ya ha dejado entrever que Cuba podría ser el siguiente objetivo, una posibilidad que se percibe como viable debido a la fuerte dependencia de La Habana del apoyo venezolano y a los potenciales réditos políticos rápidos de cara a las elecciones de medio mandato.
Y, sin embargo, las consecuencias de la apropiación de poder de Estados Unidos en Venezuela se extienden mucho más allá del continente americano. La respuesta oficial de China -condenando los ataques como "actos hegemónicos" que violan el derecho internacional- era previsible, pero es evidente que mucho más está ocurriendo entre bastidores. Si Estados Unidos puede secuestrar al líder de un país y decidir quién permanece en el poder, ¿por qué no podría China hacer lo mismo allí donde tiene intereses fundamentales, particularmente en Taiwán?
Para algunos analistas, el ataque estadounidense contra el líder venezolano - así como los reiterados llamados de Washington a controlar Groenlandia - apunta a un repliegue estratégico de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental, dejando margen de maniobra a China en el Pacífico y, potencialmente, a Rusia en Europa. Esta lectura resulta excesivamente simplista. No existen indicios de que la administración Trump considere ceder el Pacífico como precio a pagar por la hegemonía hemisférica, y desde luego no en la más reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada el pasado diciembre. El enfoque de Trump parece mucho más directo: Estados Unidos actuará allí donde lo exijan sus intereses. La operación de Venezuela no representa un intercambio estratégico, sino una proyección de poder sin restricciones. Esto supone que China deberá gestionar con cautela sus intereses en el Pacífico, ya que Venezuela no abre ningún precedente operativo inmediato.
China y el Sur Global
La ganancia clara de China tras las acciones estadounidenses en Venezuela reside en su proyección internacional, al presentarse como garante de la Carta de las Naciones Unidas ante un Sur Global cada vez más escéptico. El mensaje es claro: "Mientras Washington bombardea capitales y secuestra presidentes, China ofrece préstamos e infraestructuras". Esta ventaja en términos de poder blando, que acerca a Pekín a países ya críticos del unilateralismo estadounidense, podría resultar más valiosa que cualquier supuesto precedente en torno a Taiwán.
Rusia, que siguió de cerca a China en la condena de los ataques, encuentra también un elemento favorable en este escenario: si Venezuela deja de ser una zona de influencia disponible, otros espacios pasarán a resultar más atractivos. Esta lógica es particularmente inquietante para Europa. Un Estados Unidos que demuestra que el poder simplemente obtiene lo que desea valida por completo la cosmovisión rusa. ¿Por qué no habría de emprender Moscú acciones agresivas contra objetivos europeos -desde una intensificación de las operaciones cibernéticas hasta formas híbridas de guerra-, ahora envalentonada por el desprecio implacable de Washington hacia las normas internacionales?
Esto conduce directamente a la respuesta europea. En lugar de erigirse como el auténtico garante del orden liberal internacional, el comunicado de la Unión Europea fue un ejercicio paradigmático de diplomacia hueca: "seguimiento de la situación", llamados a la "contención", recordatorios de que "deben respetarse los principios". ¿Dónde está la indignación? ¿Dónde la condena inequívoca? Los líderes europeos, de forma individual, ofrecieron respuestas cuidadosamente calibradas para no incomodar a nadie y no comprometerse con nada, subrayando la ilegitimidad de Maduro al tiempo que insinúan la importancia del derecho internacional, como si ambas afirmaciones constituyeran una posición coherente.
La realidad es que los líderes europeos están sencillamente desorientados en un mundo que ya no funciona según las reglas que reconocen. Son incapaces de criticar con firmeza a Washington -su garante de seguridad y aliado nominal-, pero tampoco puedes respaldar unas acciones que socavan la arquitectura internacional que Europa ha defendido durante décadas. Optan así por una vía intermedia, expresada a través de comunicados tibios que no satisfacen a nadie. La incómoda verdad que Europa debe afrontar es clara y contundente: estamos presenciando lo que Nietzsche denominó la Umwertung aller Werte, una transvaloración de todos los valores. Estados Unidos ya no sostiene los principios democráticos ni el respeto por el derecho internacional que antes proclamaba. En su lugar, ha adoptado la lógica de las autocracias a las que dice oponerse: la fuerza hace el derecho, las esferas de influencia pesan más que la soberanía y el poder justifica la acción. Europa ya no puede refugiarse bajo el paraguas de poder estadounidense. La contradicción se ha vuelto insostenible.
Esto deja a Europa ante una disyuntiva que ha evitado durante décadas: una autonomía estratégica real o la irrelevancia continuada. Europa necesita una política exterior unificada y un ejército común, no solo para la defensa, sino para crear y proteger su propia esfera de influencia, es decir, para salvaguardar su vecindad como hacen otros actores. Esta es la cruda realidad del orden mundial emergente. Si Europa no actúa con decisión, Rusia llenará temporalmente el vacío en Europa del Este y los Balcanes, mientras las dos superpotencias consolidan sus respectivas áreas de influencia: Estados Unidos en el hemisferio occidental y China en el Pacífico -con el consentimiento estadounidense-. Una vez completada esta consolidación, estas potencias redirigirán su atención a repartirse Europa, que para entonces ya estará fragmentada y debilitada por la presión constante de Moscú.
La autonomía estratégica no se limita, sin embargo, a instrumentos de defensa comercial. Una política exterior plenamente coordinada y una fuerza militar común solo pueden alcanzarse mediante la construcción de un Estado, posiblemente de tipo federal. El problema es que Europa está muy lejos de ese escenario. Salvo excepciones notables, como los llamamientos de Mario Draghi a una integración transformadora, los líderes europeos siguen atrapados en las políticas de cambios paulatinos. Ajustan mecanismos de coordinación mientras el mundo cambia drásticamente a su alrededor.
La crisis venezolana debería servir -ojalá sea la última- como llamada de atención para que Europa avance de manera decidida en su integración, que necesariamente debe incluir la política exterior y la defensa, y que no puede lograrse sin avanzar hacia una federación. Sin embargo, las capitales europeas -lejos de protagonizar un movimiento hamiltoniano- parecen paralizadas, observando como Estados Unidos y China, con la ayuda de Rusia, dividen el mundo en esferas de influencia.
Alicia García Herrero. Economista jefe para Asia-Pacífico de Natixis e investigadora principal en Bruegel
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