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El bar del Tanata parece un centro de día para personas sin recursos. Todos los clientes llegan calados. De viento, de agua, de nieve. De saturación en los telediarios…
-Dijeron que sería el invierno más seco de los últimos 40 años -dijo Andrés, ... mientras miraba el televisor sobre la barra del bar -. Menos mal que ahora se puede atracar en el muelle.
-Yo creo que el gobierno y sus esbirros mienten hasta cuando dicen la verdad -respondí-.
-Pero es que mentir no está penalizado -aseguró, Andrés.
-No exactamente -dije-. Está penalizado para los cercanos. Quiero decir, si uno miente a las personas que quiere, pues la jodimos.
Andrés salió un segundo bajo el alero del tanatorio, mirando la lluvia como si estuviera evaluando su ideología.
-Esta lluvia -dijo- es muy de consenso. No moja lo suficiente para quejarse, pero sí para fastidiar.
-Gobierna sin mayoría absoluta -añadí.
Una cosa es morirse en verano al caer el sol, y otra muy distinta es hacerlo en invierno y de madrugada. Hay que tener educación hasta para estas cosas
El camarero, que había salido a fumar ese cigarro clandestino que todos negaban consumir, levantó la vista.
-Pues agárrense -dijo-, que hoy han pasado por aquí dos ferroviarios jubilados. Venían a un entierro y se han quedado discutiendo tres horas sobre vías, traviesas y tornillos.
-Tema precioso -dijo-. Los trenes son como el Estado: funcionan mejor cuando nadie habla de ellos.
-Y cuando alguien habla -añadí- suele ser porque algo ha descarrilado.
El camarero soltó el humo con resignación.
-Decían que estábamos viviendo la mejor época del tren en España.
-Eso explica muchas cosas -dijo Andrés-. El mantenimiento ya no se hace con llaves inglesas, sino con notas de prensa.
-El tornillo flojo -dije- ahora se llama «incidencia puntual».
-Y el accidente -remató él-, «desafío estructural heredado por el cambio climático».
Nos miramos con esa alegría triste que produce entender demasiado.
-Lo que más me fascina -continuó Andrés- es que el mantenimiento no se ve. Nadie inaugura una tuerca. No hay foto cortando la cinta de una vía que sigue en su sitio.
-Claro -dije-. Lo visible es el AVE nuevo, la estación futurista, la maqueta. El mantenimiento es como la higiene: solo se valora cuando falla.
-Aquí pasa igual -dijo-. Nadie felicita porque la cafetera funcione. Pero como salga frío el café, me montan una comisión de investigación.
-España entera es una cafetera sin descalcificar -sentenció Andrés-. Y cada legislatura promete más espuma.
La lluvia apretó un poco, como para subrayar la metáfora.
-Al final -seguí-, el problema del mantenimiento es que obliga a pensar en el futuro. Y eso da pereza política. El futuro no vota todavía.
-Pero descarrila con puntualidad -dijo Andrés.
El camarero apagó el cigarro con la suela. -Pues hablando de futuro… hoy también han discutido aquí sobre la inmigración. Casi se me rompe una silla.
Andrés sonrió con esa expresión suya de profesor que huele examen.
-Tema perfecto para opinar sin datos y con adjetivos -dijo.
-Es el deporte nacional -añadí-. La gente habla de flujos migratorios como si fueran goteras: «que alguien lo cierre».
-O como si fueran fichajes de invierno -dijo Andrés-. «Este año necesitamos más delanteros y menos porteros».
-Uno decía que esto se hunde. Otro que se enriquece. Yo solo sé que los que vienen piden café y los de siempre fían.
-La inmigración -dijo Andrés- tiene un problema terrible: es real. No cabe entera en un tuit ni un eslogan. O quizá sí, ya no lo sé.
-Y obliga a dos cosas insoportables -añadí-: gestionar y matizar.
-Matizar está muy mal visto -dijo él-. Es de moderados. Y ya hemos quedado en que somos todos fachas, ¿no?.
-Yo lo que veo -dijo- es que todos hablan de 'ellos' y 'nosotros', pero cuando hay que recoger las mesas a las dos de la mañana, no hay pronombres, hay gente cansada.
-Además -continuó Andrés-, hay algo profundamente cómico en que un país de emigrantes profesionales se sorprenda de que llegue gente de fuera.
-Tenemos nostalgia de cuando el que se iba éramos nosotros -dije-. Eso sí era épico. Lo de que vengan otros es, al parecer, una falta de educación.
-La épica siempre es retrospectiva -sentenció-. El presente es logística.
-Logística es intentar cuadrar turnos con tres camareros menos y el doble de entierros -dijo-. Eso sí es política real.
Volvimos a entrar, pero despacio, como si el frío también quisiera escuchar.
-¿Sabes qué es lo mejor? -dijo Andrés-. Que mientras discutimos sobre trenes que no se mantienen y fronteras que no se saben gestionar, medio país está peleado por una bronca literaria.
-Ah, sí -dije-. La guerra civil de las metáforas.
-Es maravilloso. Escritores discutiendo como si se jugara el destino de la patria, y la patria mientras tanto mirando TikTok.
-La literatura -dije- es el único sitio donde un adjetivo puede provocar un conflicto diplomático.
-A mí lo que me enternece -siguió Andrés- es la fe intacta en que la cultura todavía importa lo suficiente como para pelearse de verdad.
-Es una pelea de salón con complejo de barricada -dije.
El bar sonaba como siempre. Una cosa que tranquiliza.
-Pero tiene su lógica -reflexionó Andrés mientras apurábamos la copa.
-Y resulta menos peligroso que arreglar vías -añadí.
-Al final -dijo Andrés-, todo se reduce a lo mismo: nadie quiere pagar el mantenimiento. Ni de trenes, ni de la convivencia, ni del debate público.
-Mantener -proseguí- es un verbo sin glamour. No sale en los discursos. Nadie promete «mantendremos razonablemente lo que funciona».
-Claro. Lo heroico es inaugurar, refundar, transformar. Luego ya vendrá otro a apretar los tornillos… O a recoger los restos.
Nos dimos la mano con solemnidad de borrachos lúcidos.
-La próxima semana -dijo Andrés- podríamos hablar de algo alegre. -¿Como qué? -pregunté.
-Los seguros de decesos. Eso siempre anima.
Nos reímos. La lluvia seguía cayendo con esa indecisión tan nacional: sin saber si limpiar el aire o seguir ensuciando las conversaciones. Y en algún lugar, muy lejos de allí, un tren llegó puntual. Seguramente por casualidad. ¿O es que fue en Suiza?
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