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Si algo se distingue claramente en la narrativa de Jaime Bayly (Lima. 1965), es su ascendente periodístico desde 'No se lo digas a nadie' a esta última entrega que en cierta manera es más madura que alguna de sus narraciones anteriores, en lo que ... me trae a la memoria esos años del Nuevo Periodismo. Bendito sea.
El libro, para los que sabemos de Venezuela y la amamos, tiene algo de modélico, de modélico por la manera en que presenta y maneja aquellos tres días que conmovieron la Vieja Capitanía General, y lo pongo sin ánimo de ofender, sólo para entender su destino como nación desde los tiempos coloniales, un destino que es semejante al que tuvo luego como nación independiente.
El libro posee la precisión de un reloj, Bayly maneja muy bien los tiempos de exposición y facilita el desarrollo de los acontecimientos titulando los capítulos con fechas. Así, Abril, 2002: «–Mi amor, pruébate el fajín ministerial–, le dijo al general Velásquez su esposa. –Como estás gordito, el sastre te lo ha hecho bien largo–, añadió con una sonrisa coqueta».
O este tomado de otro capítulo que sucede también en abril y que es modélico respecto al equilibrio entre información y crónica: «El teléfono del general Raúl Baduel, comandante de la brigada de Maracay, amigo de Chávez desde la escuela militar, sonaba con insistencia, pero él no quería atender las llamadas, por temor a que fuesen los generales Velásquez y Rosado, jefes del alzamiento, a quienes veía como unos golpistas fuera de la ley. Baduel deploraba la insurrección, la consideraba un acto de barbarie, un motín reñido con la democracia y la Constitución, y deseaba que Chávez recuperase el poder tan pronto como fuera posible, pero ese escenario le parecía harto improbable. Su celular volvió a timbrar y entonces reconoció que la llamada se originaba en Cuba y por eso habló no sin dudarlo».
Este párrafo, aunque podría citar muchos otros, es significativo respecto a lo que el lector se va a encontrar a lo largo del libro. Lo que me interesa recalcar de éste es su penetración en la historia de Latinoamérica, y por ende, de España, de cómo funciona el corazón de la milicia. Podríamos citar 'Tirano Banderas' como señero ejemplo de ello, pero vayamos a Bayly. Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en las triquiñuelas sabidas de muchos de los mandos militares en nuestra Guerra Civil, por ejemplo, o de muchos otros, como el de la revolución bolivariana, desde Salvador de Madariaga a Antonio Saez Arance o el de Hendrik Peters y, desde luego, de toda esta literatura presente en Cuba.
Los cálculos, las traiciones, las deslealtades, todo depende de según qué lado, hicieron que los tres días en que no se sabía el destino de Chávez sirvieran para consolidarlo en el poder: «Parecía una película. Un drama vibrante. El villano caído en desgracia regresaba como el héroe justiciero. Era el inesperado final de una trama improbable». Como curiosidad, el lector que no haya terminado el libro se preguntará sobre el papel de Maduro en esos días. Aparece citado muy poco. Lecciones de la Historia.
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Colaborador del ABC Cultural. Crítico especializado en literatura en español
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