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Una pareja de jóvenes indios educados en Estados Unidos protagoniza esta historia. Sus vidas discurren en paralelo, casi siempre a distancia. Proceden de familias vecinas, de la misma clase social y con similar inclinación a la excentricidad. También comparten vocación literaria y ... fantasmas cuando escriben.
El que la acecha a ella susurra: «No escribas tonterías de realismo mágico». «No escribas basura orientalista». «No escribas sobre matrimonios concertados». Tiene la voz de Ilan, el pintor chiflado y narcisista con el que mantuvo una relación abusiva. Pero Sonia y Sunny se bastan para despreciar sus raíces. Como muchos indios de su generación, crecieron en «la dicha de poder fingir que la India no existía».
La autora angloindia Kiran Desai (Nueva Delhi, 1971) conoce bien esa carga. En 'La soledad de Sonia y Sunny', sin embargo, no rehúye los tópicos sobre su país natal: los acoge, los retuerce y los expone junto a las luces y las tinieblas de un territorio indescifrable incluso para quienes lo habitan. A lo largo de más de setecientas páginas de lectura absorbente, Desai retrata una sociedad llena de contradicciones y maravillas, en la que todo parece posible: un amuleto endemoniado, un perro sobrenatural o una boda en la que los invitados buscan desesperadamente un sobre de rupias que podría haberse comido una vaca.
El libro marca el regreso de la autora a la ficción dos décadas después de 'El legado de la pérdida', su celebrada novela coral sobre el desarraigo, el peso de la familia y las tensiones entre tradición y modernidad. Son asuntos que reaparecen aquí reformulados en clave global. De Nueva Delhi a Vermont, de Goa a Nueva York, pasando por Londres, Venecia o Querétaro, los personajes se desplazan de una ciudad a otra con la sensación de estar siempre fuera de lugar. En el recorrido, Desai entrelaza escenas de alta tensión dramática con momentos de emoción contenida, salpicándolo todo de un humor afilado que evita que el relato derive hacia la solemnidad.
La historia de amor que articula el libro podría disuadir a lectores poco afines a lo sentimental, y no sin motivo: en algunos tramos, la protagonista muestra una intensidad emocional que debilita un tanto la distancia irónica que la autora despliega con elegancia en el registro tragicómico. Con todo, la novela excede el romance, que se ve superado por la fascinante saga familiar. Está poblada por un coro vívido que incluye un abuelo alemán teósofo, unos tíos enfrentados a las mafias indias y un criado que borda los kebabs.
Destacan la madre de Sunny y el padre de Sonia, marcados, como sus hijos, por la soledad y el desarraigo. Al igual que todos ellos, el país que retrata Desai oscila entre el peso del destino y la sombra de la maldición: «Un indio solo tiene más suerte que dos indios». En esa tensión se concentra buena parte de la energía de una novela vibrante que, sin obviar las oscuridades, ofrece una imagen esperanzadora: la de un legado que puede reescribirse.
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