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Los campos de refugiados se convierten en minieconomías

Los campos de refugiados se convierten en minieconomías
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La historia de Jacqueline Bampire redefine la percepción de los desplazados. Más que receptores de auxilio, los refugiados son agentes económicos que reconstruyen sus vidas mediante el comercio local. Leer
Financial TimesLos campos de refugiados se convierten en minieconomías
  • DAVID PILLING
Actualizado 4 SEP. 2026 - 23:54El hecho de que los campos de refugiados constituyan pequeñas economías cobra cada vez más relevancia.DREAMSTIMEEXPANSIONSeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

La historia de Jacqueline Bampire redefine la percepción de los desplazados. Más que receptores de auxilio, los refugiados son agentes económicos que reconstruyen sus vidas mediante el comercio local.

El volumen que le falta a la diminuta tienda de paredes de adobe de Jacqueline Bampire lo compensa con ingenio. Apretujada en un espacio del tamaño de un ataúd invertido, junto a la propia Bampire hay una colección de productos sorprendentemente grande. Entre los artículos figuran sacos de judías, harina, maíz y arroz (tanto ruandés como el más popular tanzano) y sobres de sopa Maggi colgados del techo como adornos. Hay mezcla para guisos y pasta de tomate, botellas de aceite de palma, aceite de girasol y aceite de cocina, azúcar y harina de maíz, té a granel y galletas envasadas.

Si necesitas una pastilla de jabón, un tubo de pasta de dientes, detergente para la ropa, una vela o un candado, Bampire también los tiene. Dispone de una balanza azul brillante para pesar los productos a granel y una cuenta con MTN MoMo, una plataforma de pago digital, para pagar con dinero móvil.

Esta tienda que ofrece de todo podría estar en casi cualquier pueblo o aldea de África. Pero esta en concreto se ubica en el campo de refugiados de Mahama, en la frontera entre Ruanda y Tanzania.

Bampire, de 43 años, llegó a Ruanda hace 11 años huyendo de la violencia en el vecino Burundi. "Las balas volaban por todas partes", cuenta sobre su huida con su marido y sus cinco hijos. "Cuando llegamos aquí, la primera noche dormimos a la intemperie".

Pasaron el primer año en una tienda de campaña y luego se mudaron a una vivienda proporcionada por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. En aquel entonces, las raciones de alimentos del Programa Mundial de Alimentos -reducidas a la mitad este año debido a los recortes presupuestarios- eran más generosas. Bampire vendía el excedente para ganar dinero y variar la dieta de su familia, además de ahorrar capital inicial para abrir un pequeño negocio similar al que había abandonado en Burundi.

"Esto no es nada comparado con lo que tenía antes", dice refiriéndose al local que ahora alquila por 20 dólares al mes.

La imagen común de un campo de refugiados es la de un lugar donde personas desesperadas y hambrientas esperan ayuda. Pero los campamentos también pueden ser focos de actividad económica. El dinero entra, circula y a veces sale. La gente abre negocios, busca trabajo, se casa y educa a sus hijos.

Un estudio del Programa de Economías de Refugiados de la Universidad de Oxford demostró que los refugiados del campamento de Kakuma, en el norte de Kenia, gozaban de una mejor situación económica que las poblaciones circundantes en varios aspectos, incluyendo el consumo y el patrimonio.

Alexander Betts, profesor de migración forzada en Oxford, sostiene que los refugiados "tienen vidas económicas complejas y diversas, a menudo con un alto espíritu emprendedor y conectados a la economía global".

Según ACNUR, casi el 90% de los aproximadamente 118 millones de personas desplazadas en el mundo viven en países pobres y de ingresos medios, y de ellos unos 45 millones se encuentran en África.

El hecho de que los campos de refugiados constituyan pequeñas economías cobra cada vez más relevancia en una era de recortes a la ayuda, donde las agencias de desarrollo tienen menos capacidad para proporcionar alimentos, ropa y vivienda a las personas.

Kampeta Sayinzoga, hija de refugiados que llegó a ser consejera delegada del Banco de Desarrollo de Ruanda, afirma: "Los refugiados pueden ser agentes económicos en una comunidad, pero con frecuencia se les considera una carga".

Sayinzoga es miembro del consejo de administración de Inkomoko, una organización sin ánimo de lucro que otorga préstamos subvencionados a las empresas de personas desplazadas, incluyendo varios miles de las 71.000 que se encuentran en el campo de Mahama. Bampire fue una de las beneficiarias.

Un breve paseo por Mahama revela sastrerías, tiendas de ropa para bodas, peluquerías, pequeños restaurantes con sus menús pintados en la pared exterior, una tienda para cargar teléfonos e incluso una cabina de cine donde uno puede sentarse y descargar películas. Un cartel pintado ofrece "Internet mediante Starlink".

Rohin Onyango, consejero de Inkomoko, explica que los préstamos se otorgan por ciclos, partiendo generalmente de 1.000 dólares y aumentando hasta los 25.000 en rondas de financiación posteriores después de que los prestamistas completen un curso obligatorio de contabilidad. A los prestatarios se les denomina "clientes", nunca refugiados.

"Nadie llega aquí sin nada", afirma Onyango. "Todos tienen talento y experiencia".

Bampire resta importancia a la desgracia que la llevó a Ruanda. "Tengo grandes sueños para mis hijos", afirma.

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Fuente original: Leer en Expansión
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